lunes, 17 de febrero de 2014

Cuatro visiones clásicas sobre la igualdad


“El vivir, con toda evidencia, es algo común aún a las plantas.
Más nosotros buscamos lo propio del hombre.”
Aristóteles, Ética a Nicómano






La idea de la igualdad ha sido reivindicada y tomada en todos los tiempos y por casi todas las corrientes políticas. Se la representa generalmente en el imaginario social como a una conmovedora utopía humanista donde “todos somos iguales”, una universalidad  propia de la perfección de los dioses, una democracia absoluta con una total y sana convivencia.


Pero su indeterminación y su poderosa carga emotiva han hecho que hayan tantos conceptos de igualdad como hombres que la propugnan. Sería imposible trazar aquí toda esa vasta variedad, por lo que nos limitamos a establecer y diferencar (en la medidad de lo posible) cuatro visiones clásicas sobre la igualdad, que han influído desicivamente a la hora de diseñar políticas públicas y establecer regímenes políticos.


Nada se ha repetido tanto en la historia como la frase “Todos los hombres son (o nacen) iguales”. Máxima que recorre prácticamente todo el pensamiento político occidental, desde los estoicos al cristianismo, pasando por la Reforma, el liberalismo, los distintos socialismos y las mas recientes ideas de democracias.


A diferencia de la libertad, que siempre es una cualidad de la persona, la igualdad es un tipo de relación. Por ello se preguntará Norberto Bobbio “¿Igualdad entre quienes? e ¿Igualdad en qué?”.  La idea universal de la igualdad ha buscado así, no igualaciones físicas y naturales, sino igualaciones morales.


Así tenemos en primer lugar, la igualdad más general y aceptada: La igualdad ante la ley. Contrario a lo que se cree, su fuente no es el liberalismo, que también naturalmente lo toma, sino el mundo clásico. Se puede hallarlo en el antecedente de la Isonomía y al mismo Eurípides en páginas clásicas de la literatura se lo lee en Las SuplicantesNo hay peor enemigo de una ciudad que un tirano, cuando no predominan las leyes generales y un solo hombre tiene el poder, dictando las leyes para sí mismo y sin ninguna equidad. Cuando hay leyes escritas, el pobre como el rico tienen igual derecho”.


Lo que significa la igualdad ante la ley es el trato igual en circunstancias iguales, y así constituyó un factor de estabilidad de la sociedad de castas en la antigüedad y es un factor de estabilidad democrática en la actualidad donde se fusiona con el concepto de igualdad de derechos.


En segundo lugar tenemos la  igualdad de derecho, que significa algo mas que la mera igualdad ante la ley. Herencia indiscutida del liberalismo, significa gozar igualmente de algunos derechos  fundamentales, constitucionalmente garantizados, como se desprende de algunas célebres declaraciones históricas: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derecho”. Su origen se entiende que es anterior al Estado y parte de la misma naturaleza del hombre, inescindibles de él, y que por lo tanto no existe ley, estado ni religión que puedan vulnerar esos derechos mediante el uso de la fuerza. Su violación autoriza la resistencia a la opresión.


Estos principios implican respetar a rajatabla los proyectos de vida de las personas y entra naturalmente en conflicto cuando el Estado, en pos de igualar ante situaciones de exclusión, necesariamente vulnera la disposición de bienes materiales (por ejemplo mediante impuestos, gasto público o prohibiciones) para paliar otras necesidades materiales. Para el liberalismo clásico “el hombre –la persona individual- es un fin en sí mismo” y por lo tanto no puede ser utilizado, por la fuerza pública del Estado, como medio para atender otros fines, ya sean estos meramente políticos,  humanitarios, filantrópicos, etc. De allí la afirmación de que el gobierno solo es “un mal necesario” y que debe limitarse a garantizar seguridad y justicia. De todo lo demás se encarga la sociedad civil.


Entramos así a uno de los grandes conflicto de la modernidad. Hombres formalmente iguales y materialmente desiguales. Algunos argumentarán que los hombres son desiguales por naturaleza y que la búsqueda de la  igualdad de hecho llevará progresivamente al peor de los totalitarismos, otros buscarán en el igualitarismo una sociedad ideal, perfecta y homogeneizada, y finalmente en el medio de ese huracán se irán forjando los distintos causes que formarán la ideas actuales de la igualdad de las democracias modernas.


El tercer sentido clásico, es la idea socialista de la igualdad. Ésta es el de la igualdad de posesión y se concretará en la aspiración de crear condiciones y formas de vidas iguales. Se trata de nivelar y homogeneizar todo lo trascendente en la vida de las personas como los ingresos, valores, bienes, vivienda, propiedad, educación, salud, etc; lo cual supone una intervención absoluta del estado en la vida y la economía de las personas. Igualar significa aquí que “lo tuyo” pasa a ser lo “nuestro” y por ende la autoridad central debe tener el poder suficiente para redistribuir y crear igualdad. Cuando Marx señaló que todo el programa comunista se resumía en la abolición de la propiedad privada, estaba formulando su ideal con toda exactitud. El peligro del absolutismo para lograr la mayor igualación social se logra captar a simple vista, y es la razón de la célebre conclusión de Bertrand de Jouvenel: “Toda potencia central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad, la favorece; pues la igualdad favorece singularmente la acción de tal potencia”.


Finalmente llegamos al cuarto sentido de igualdad, la más reivindicada en el mundo moderno: La igualdad de oportunidades. El problema de su definición radica precisamente en su prestigio y la ingeniería política ha hecho que se termine diluyendo en variadas mutaciones. Su idea aproximada ya se puede dilucidar en Alexis de Toqueville, cuando en las primeras páginas de su Sobre la Democracia en América señala: “Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en los Estados Unidos han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más en la igualdad de condiciones el hecho generador del que cada hecho particular parecía derivarse”.


Este ha sido el llamado “repliegue liberal” en vista de la incoherencia que de otra manera puede existir entre principios y realidad. Esto implica postular que existe una redistribución forzosa de recursos (vía impuestos y gasto público) que es legítima a fin de nivelar (hasta un cierto punto y limitado con controles y pautas claras) las posibilidades de realizar los proyectos de vida de las personas y que la sociedad no es justa, no es equitativa ni legítima, si no asegura a todos ese mínimo piso necesario de igualdad para que todos tengamos alguna oportunidad razonable de llegar a realizar lo que podemos ser. Es una igualdad en el punto de partida, a partir del cual se garantiza la cultura del mérito y la libre iniciativa privada de los hombres.



Entre éste repliegue del liberalismo y la socialdemocracia podemos encontrar sus orígenes y en autores como Jhon Rawls algunos de sus presupuestos filosóficos, e incluso Friedrich Hayek y Milton Friedman han reconocido alguna variante de ella para paliar transitoriamente necesidades de subsistencia.


La experiencia de la modernidad demuestra en que en el largo plazo no existe libertad sin igualdad, e igualdad sin libertad. No hay sociedades libres que no hayan incluído en su agenda la igualdad de derechos y oportunidades y no son igualitarias aquellas sociedades oprimidas por un gobierno central que busca un igualitarismo homogéneo negando la naturaleza individual del hombre. La insistencia en oponer igualdad con libertad ha profundizado una riesgosa división en las ideas democráticas y ha dado paso a un nuevo auge de populismos autoritarios.


Solo la alianza entre la libertad y la igualdad, actualizada y centrada en el hombre, podrá encaminar los causes de la modernidad en una sociedad abierta, plural, próspera e igualitaria.

sábado, 8 de febrero de 2014

La ciudad antigua, de Fustel de Coulanges

“Una de las grandes dificultades que se oponen
a la marcha de la sociedad moderna,
es el hábito por ésta adquirido
de tener siempre ante los ojos la antigüedad griega y romana”

Fustel de Coulanges









 Existen libros imperecederos, que ocupan un lugar especial en la biblioteca. Tesoros invaluables que sin embargo pierden su valor si solo sirven de ostentación. Un clásico de historia es ante todo una herramienta de fruición y trabajo en la cual se vuelven una y otra vez sobre ellos.


 Y sin duda pertenece a este género “La ciudad antigua. Estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma” del historiador francés del siglo XIX Numa Denys Fustel de Coulanges (1830 - 1889).


 Al escribirla, de Coulanges se propuso, en primer lugar, mostrar los principios y reglas que presidieron el gobierno de Grecia y Roma, ramas de una misma raza, que hablaban idiomas nacidos de una misma lengua, se regían por instituciones de un origen común y vivieron una serie de revoluciones similares. Pero al margen de su admirable labor de investigación, el autor se propone, como finalidad última, poner de manifiesto las diferencias que distinguen esencialmente a aquellos dos grandes pueblos, de las sociedades modernas. "Por haberse observado mal las instituciones de la ciudad antigua -dice-, se ha pensado en resucitarlas entre nosotros. Se ha forjado una idea falsa de la libertad entre los antiguos, y ello ha puesto en peligro la libertad entre los modernos". De ahí su afirmación de que para conocer la verdad sobre aquel pretérito, conviene estudiarlo sin pensar en nuestro presente. Así analizadas, Grecia y Roma se nos aparecen como inimitables y, por ende, como totalmente distintas de las sociedades modernas.



 La Patria, tal como la entendían los griegos y los romanos, era esencial y radicalmente opuesta a lo que por tal entendemos en nuestros tiempos en las sociedades modernas. 

“La Patria tenía al individuo sujeto con un vínculo sagrado; -el ciudadano- debía amarla como se ama a la religión y obedecerla como se obedece a Dios. Debe uno entregarse a ella por comlpeto, dedicarlo todo a ella, consagrándoselo todo. Había que amarla gloriosa y oscura, feliz o desgraciada; amar sus beneficios y hasta sus rigores. Sócrates, condenado sin razón por ella, no estaba dispensado de amarla; había que quererla como Abraham a su Dios, hasta sacrificarle su propio hijo. Era necesario ante todo saber morir por ella; y tanto el griego como el romano no se sentían inclinados a morir por adhesión a un hombre o por punto de honor, pero por la patria daban con gusto la vida, porque atacar a su patria era atacar a su religión”



 De esto concluye el célebre historiador que nada había en el individuo que fuese independiente del poder de la  polis griega y la civitas romana. La ciudad estaba fundada sobre la religión y constituída como una iglesia y éste era el origen de su omnipotencia, solo comparable a los totalitarismos del S.XX. Y así remata Fustel “En una sociedad fundada y establecidas sobre tales principios NO PODÍA EXISTIR LIBERTAD INDIVIDUAL, porque el ciudadano estaba sometido a la ciudad en todo y sin reserva alguna”. Con éste poder casi sobrehumano mal podría hablarse de democracia o participación popular y tales confusiones se debe mas que nada a autores apologéticos con intenciones por fuera del conocimiento histórico.


“Nada había en el individuo que fuese independiente de este poder. Su cuerpo pertenecía al Estado, y estaba consagrado a su defensa, siendo obligatorio9 el servicio militar en Roma hasta los cincuenta años, en Atenas hasta los sesenta y en Esparta indefinidamente. Su fortuna estaba siempre a disposición del Estado, pudiendo la ciudad, cuando tenía necesidad de dinero, ordenar a las mujeres que entregasen sus joyas; a los acreedores, que le cedieran sus créditos; y a los que tenían olivares que entregasen gratuitamente el aceite que tuviesen almacenado”


 Múltiples ejemplos de esta omnipotencia nos revela La ciudad antigua. Así por ejemplo la ley ateniense prohibía al individuo que permaneciese célibe. Esparta castigaba no sólo al que no se casaba, sino también al que lo hacía tarde. El Estado podía prescribir en Atenas el trabajo, en Esparta la ociosidad, y ejercía su supremacía hasta en las cosas más cotidianas como prohibiciones de beber vino puro a todos o solo a las mujeres (Locres y Roma). Era frecuente que la ciudad hasta fijase la forma de los trajes, vestimentas, calzados y hasta el peinado de las mujeres o la barba de los hombres (Esparta).



 Más aún hacía notar su omnipotencia en materia educativa (donde los padres no tenían ninguno derecho sobre sus hijos) y menos carecía el individuo de libertad para elegir sus creencias. La legislación ateniense llegaba a castigar hasta a los que dejaban de celebrar religiosamente una fiesta nacional. La propiedad por su parte no podía enajenarse, ya que venderla implicaba vender a sus dioses y llevaba como condena andar errante eternamente en el destierro, sin dioses, bienes, ni protección.


 En estas circunstancias, se puede concluir que la personalidad humana tenía muy poco valor ante la autoridad casi divina de la Patria o el Estado, quién no solamente protegía al ciudadano sino que también podía disponer a su albedrío de la vida, los bienes y los intereses de los gobernados.


 La noción de la libertad individual tuvo que esperar a la gran revolución que trajo el cristianismo en las nociones del hombre, de Dios, de la familia y de la sociedad para cambiar radical y diametralmente las bases del sistema. Aunque como denunció Juan Bautista Alberdi “la formación de los Estados modernos, conservaron o revivieron los cimientos de la civilización pasada y muerta, no ya en el interés de los Estados mismos, todavía informes, sino en la majestad de sus gobernantes, en quienes se personificaban la majestad, la omnipotencia y autoridad de la Patria.”


 Fustel de Coulanges, siendo un anti-romántico, también había dilucidado este panorama en la Francia del S.XIX y en la formación del Bonapartismo y allí también residía su interés de diferenciar la libertad moderna de la libertad de los antiguos. "La Ciudad Antigua”, principal monumento a su memoria, sigue aún hoy editándose y leyéndose pese a toda justificable crítica, por la claridad conceptual, de estructura y por la justeza de su expresión.


jueves, 30 de enero de 2014

La lenta agonía del estado clientelar


La limitación es esencial a la autoridad, pues un gobierno

sólo es legítimo si está efectivamente limitado.

Lord Acton




Todo parece indicar que por primera vez en la historia, el peronismo deberá correr con la cuenta del ajuste de la fiesta que organizó. Y como quién trata de evitar lo inminente, acude a toda su epopeya ideológica para ganar tiempo y evitar que el desfalco le explote del todo en las manos. El fantasma del “golpe de mercado” empieza a transformarse en la gran excusa para evitar lo que para todo el mundo político y económico es obvio: los recursos se acabaron y cualquier intento de mantener su economía clientelar será a costa de emisión espuria, deuda exponencial o mas impuestos, restringiendo y atorando aún mas a la clase media argentina.

 El kirchnerismo fue construyendo su paradójico fin. La aspiración por una hegemonía montada con subsidios y concentración unitaria de la caja generó todo un mundo subterráneo de fidelidades, fuertes en épocas de prosperidad y pero tenues y débiles en épocas de crisis y ajuste. Éste mundo subterráneo que atrajo el consenso de sindicalistas, empresarios corruptos especialistas en cazar privilegios estatales y gobernadores cobardes, giró en torno a la fórmula de una capitalismo asisitido y prebendario. Controló y concentró así el poder económico y el poder político. Para ello necesitó un gobierno subsidiador que ofertó, a cambio de fidelidad y servidumbre política, la maximización de las rentas sectoriales a costa del presupuesto público. El Estado populista es así, ni liberal ni de bienestar, es un estado clientelar. En este sentido el kirchnerismo perfeccionó todo un estilo de hacer política, iniciada según Tulio Halperín Dongui en los albores del primer peronismo y continuada por todos los sectores partidarios que gobernaron hasta entonces. Una concepción política que se “reducía a una técnica para suscitar obediencia”. El peronismo así, a pesar de sus recurrentes y desconcertantes metamorfosis, retiene un rasgo caracterizador, y es la conciencia viva de que lo que siempre está en juego es nada más que el poder.

 El gran problema de todo ello es que para el mantenimiento de un gobierno hegemónico, según lo buscó el peronismo en cualquiera de sus máscaras, el patrimonialismo clientelar y el uso del estado como botín de guerra es una consecuencia ipso facto. La economía peronista estará así condenada siempre al fracaso, a la inflación y al déficit si no cambia su concepción del poder.

A pesar de sus intentos de fatuos revolucionarios, en definitiva Axel Kicillof no es muy diferente de sus predecesores. Kicillof, Gelbard, Gómez Morales, Celestino Rodrigo, son todos brazos y cabezas de Briareo. El programa económico es prácticamente el mismo. Subsidios a empresarios amigos y derroche del gasto público, cierre de importaciones y control rígido y burocrático de la exportación, congelamiento de precios y emisión monetaria descontrolada. Y a ello se agrega el parche inmoral del asistencialismo corrupto de siempre, de dar a los mas pobres lo suficiente para que sigan siendo pobres, sin ninguna posibilidad de movilidad social.


 Pero la situación actual es aún peor que las anteriores crisis cíclicas de las economías populistas. A ello se suma un grave problema de conducción que genera incertidumbre y desolación. El gobierno no logra transmitir un rumbo, aunque lo pueda haber, y sus complejos ideológicos le impiden ver la salida. Se presume que la única estrategia es retrasar todo lo posible el ajuste y resisitir con emisión espuria y sus más de 29 mil millones de dólares en el Banco Central.

 El año y medio que resta marcará la encrucijada. Para mantener su base de poder electoral, el kirchnerismo seguirá posiblemente con la economía subsidiada, los controles de precios y el relato infantilista de los fierros conspiracionistas y el “golpe de mercado” y profundizará de ésta manera la lenta y larga agonía de la crisis energética, el deficit fiscal y una de las inflaciones mas altas del mundo.

 No parece haber por el momento solución ni de corto ni de largo plazo, sin un cambio estructural y profundo, incompatible hoy con el marco ideológico y político del oficialismo y el cual no contaría con el apoyo de sus mayorías legislativas. Por lo pronto, si no se introducen cambios drásticos, es probable que una situación de crisis modifique más adelante estas resistencias a los cambios necesarios y finalmente la fuerza de los hechos se impondrá: Pero a un costo económico y social mucho mayor.


 Después de la lenta agonía, si sabemos aprovechar el aprendizaje histórico, deberá comenzar la reconstrucción de una Argentina mas republicana y federal, abierta y emprendedora, productiva y con inclusión.

lunes, 6 de enero de 2014

Las manos sucias

“(…) para actuar, para modificar la Historia, es preciso ensuciarse las manos;
el alma limpia de los puros sólo produce esterilidad y
favorece el triunfo de los enemigos.”.
“Las manos sucias”, Jean - Paul Sartre.
Curiosamente muchos intelectuales siempre han sentido una rara y poderosa atracción por el poder. Encantados con él, conspiran en su favor, buscando en los hombres “prácticos” los instrumentadores de ideal soñado. A menudo buscan y llaman al hombre de acción, algún brazo temporal, algún salvador que ejecute su orden quimérico.

Así, Platón consideró, ilusoriamente, que podría modelar a los tiranos de Siracusa a su particular visión de la república y el rol del gobierno, buscando su “rey filósofo”. En las sentinas de Nápoles, el domínico Campanella soñó con la La Ciudad del Sol presidida por un Supremo metafísico. Hegel fue designado “primer filósofo oficial” para servir a Federico Guillermo de Prusia en el período de la “restauración” feudal que siguió a las guerras napoleónicas.  Martin Heidegger cayó en el mismo error cuando se creyó capaz de imponer su visión de Alemania al incipiente régimen de Hitler. Su quimera no duró más que un año. Cuenta la anécdota que cuando retomó la enseñanza universitaria tras su vergonzoso periodo como rector nazi de la universidad de Friburgo, un colega ahora olvidado, para ahondar en el oprobio, le preguntó sarcásticamente: "¿De vuelta de Siracusa?"

Jean-Paul Sartre fue, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, quien mejor ejemplificó la noción del “intelectual comprometido”. Su compromiso lo llevó a ignorar los crímenes de Stalin y a justificar atrocidades como la invasión soviética a Hungría y el gulag, de las que más tarde se arrepintió. Su célebre polémica con Albert Camus fue, precisamente, acerca de la naturaleza del compromiso.

En la Argentina, partir de los años 50, los intelectuales, especialmente los de izquierda, han buscado ocupar un lugar frente a los fenómenos políticos. Y muchos son los que han elegido tomar el camino de Sartre. No ya en el sentido de la discusión marxista, ya que hubo en esa controversia algo más trascendental, que iba más allá de las circunstancias, algo más profundo que todavía está en discusión y que persigue a todo ciudadano en la vida cotidiana. ¿Es posible apoyar incondicionalmente un gobierno sin ensuciarse las manos, sin entrar en compromisos? En aras de los resultados concretos, ¿se debe guardar silencio sobre los errores cometidos dentro de la estructura de un partido o gobierno que se defiende, y sobre los hechos de corrupción que parecen ser una secuela inevitable de todo populismo? O, por el contrario, ¿la única manera de hacer la vida humana más humana es denunciar todas las violaciones que se cometen contra los derechos de nuestros semejantes, tal como lo planteó Camus?.

En estos términos planteó Ricardo Forster, el filósofo de Carta Abierta, en su nota de Página 12 (Acá) una nueva defensa del general Milani. Como una obstinación verticalista, plantea de un modo abierto el dilema de lo que podríamos llamar “la izquierda kirchnerista”: confiar en la “fuerza” y “sapiencia” de Cristina o tomar posición autónoma frente a los desmadres y el autismo político que están terminando de erosionar toda la legitimidad del gobierno.

La conclusión a que llega la densa retórica del “filósofo” es que el caso Milani no es tan central, tan importante, tan significativo, como para que la izquierda rompa su alianza con el gobierno, a cuya líder se encomienda en términos personales. Casi mesiánicos.

Plantea una especie de llamado al realismo político, de que hay que cerrar filas frente a los “enemigos”, parafraseando explícitamente nada más y nada menos que al politólogo nazi Carl Schmith.

Criticar, reprender, señalar errores, siquiera dudar, es aproximarse excesivamente a una posición de herejía. La renuncia al pensamiento crítico es la carta de afiliación al kirchnerismo. ¿Dónde quedó la complacencia por las movilizaciones? Cualquier marcha ciudadana hoy genera el patetismo del fantasma de la desestabilización. El relato comienza su última etapa: la descomposición final frente a la realidad ineludible.

 Fue en el curso de esta misión redentora, que algunos intelectuales que obraron de relatores cambiaron el sentido crítico por la obsecuencia, la rebeldía por la docilidad, la dignidad por la defensa irrestricta del poder, todo en nombre de una presunta lucha ideológica.

 Con los aires propios de una superioridad liberadora intentaron que todos ignoren la realidad inventando gigantes de barro que se fueron desmoronando a medida que transcurría el tiempo.

 Como el Raskolnikov de Dovstoyevsky, también ellos se creen “superhombres” que están por encima de lo vulgar, lo chabacano, y se arrogan la amoralidad del genio, aplicando a su favor la moral del Estado, sacrificando la moral del individuo. “Por un solo crimen, ¡Cuántas buenas acciones no habría podido realizar!” exclama su justificación el personaje ruso en Crimen y Castigo.

 Este pensamiento mezquino sintetiza los peores vicios de un sector que durante años fue la vanguardia frente al avance de la corrupción, la arbitrariedad y la prepotencia del poder. Y que ahora, en defensa del poder, han terminado con Las manos sucias, adoptando el negacionismo, el relativismo moral y el verticalismo más reaccionario.

Sin dudas que en el juicio de la historia, estará Camus observándoles que el alineamiento incondicional, el apoyo incuestionable, el  talibanismo político, no solo es un camino sin retorno; sino también inmoral.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La destrucción de lo privado y la destrucción de lo público

“La vieja cuestión de ¿Quiénes deben gobernar? 
debe ser reemplazada por la otra, mucho mas realista,
de ¿Cómo podemos sujetar a quienes gobiernan?”
Karl Popper
Sísyphus por Tiziano, 1549. Condenado por los dioses a empujar perpetuamente una roca gigante, montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.
Es necesario admitir que Marx, con los ojos propios de su tiempo, observó algunas cosas en su justa magnitud. Erró en su historicismo, en seguir el concepto de “clase” y en continuar la teoría clásica del valor. Pero si consideramos únicamente su profecía de que el sistema capitalista sin trabas, o laissez faire, tal como el lo conocía, no habría de durar mucho tiempo, debemos reconocer que se encontraba en lo cierto.

 Pero nos equivocaríamos groseramente si admitimos que Marx haya predicho con el nombre de socialismo, el advenimiento de un nuevo sistema: el Intervencionismo. Lo que el llamó socialismo era profundamente distinto de cualquier forma de intervencionismo, ya que creía firmemente que la “inminente” transformación habría de quitar toda influencia al Estado, en tanto que el intervencionismo lo ha incrementado por todas partes. (1)


Tal como señala Karl Popper, luego de la Revolución Industrial, única manifestación de lo que se puede llamar “capitalismo sin trabas”, lo que ha continuado son distintas formas de intervencionismos. (2)
Entender sus peligros y beneficios, es una cuestión de ingeniería y tecnología social, delicada, aunque necesaria y controlable una vez que se la comprende bajo los paradigmas de la democracias modernas. Herramienta adaptable y eficiente para liberales y socialdemócratas, aunque armas peligrosas en manos de personalismos y autócratas de todo tipo.

Lo cierto es que el intervencionismo limitado y democrático (en su mejor sentido) ha venido siendo utilizado sin límites y con distintos ropajes y así pareciera que bajo distintos ciclos ideológicos se van destruyendo lo mejor de las ideas.

Así como en los años 90 el presidente Menem se cargó las bondades de lo privado, pareciera que Cristina Fernández puede hundir para siempre las cualidades de lo público. Y lo mas paradójico: Todo en manos del mismo partido.

La destrucción de lo privado

La situación que afrontaba el país hacia el final de la década del ochenta era dramática: El primer presidente de la nueva democracia, Raúl Alfonsín, entregó el mandato de manera anticipada con un proceso de hiperinflación donde los precios eran remarcados a diario, colapso energético y un Estado elefantiásico, heredado de la dictadura y el largo período populista iniciado en los 30, que obligaba al Estado a la pérdida de todo el gasto público. Con esta situación de colapso estatista, sumado al clima de ideas en el mundo luego de la caída de la URSS, se insinuaba la vuelta de la necesidad imperiosa de la iniciativa individual y la inversión privada. Pero con el discurso “pro mercado” convivieron la deuda, el derroche del gasto público y el aumento de todos los impuestos; el capitalismo corporativo de amigos y los privilegios corruptos a los amigos del poder; la desocupación y la convertibilidad.

La destrucción de lo público

Todo parece indicar que el kirchnerismo se llevará puesto con él la idea de “público”. Y es que junto al discurso progresista de inclusión social de los primeros momentos allá por el 2003, convivieron el emisionismo monetario, la inflación y el control corrupto de la producción; el desborde de los servicios públicos y manejo clientelista de las políticas sociales; el centralismo económico y la muerte del federalismo; la xenofobia política y la devastación de las instituciones republicanas;

Y nuevamente el clima de ideas empieza a girar progresivamente en busca de nuevas respuestas.

Y es que nunca entendimos que junto al verticalismo propio de todo populismo, se borran todas las barreras y las fronteras republicanas del Estado. Deja de tener funciones constitucionales específicas, para abarcar cualquier aspecto de la vida, la libertad y la economía de las personas.

 La sociedad en general aún no alcanza a comprender el peligro inminente que implica acrecentar el poderío del Estado, y por ende no se entiende la necesidad de limitarlo, regularlo con funciones específicas, dotarlo de un marco legal seguro y previsible. No se percibe que todo poder, tal como lo previó Lord Acton(3), y en especial el poder político, es el más peligroso de todos, y que también la intervención excesiva en materia económica, tiene a acrecentar aún más el poder político.

Debemos decir, no obstante y pese a su peligrosidad, que el Estado sigue siendo un mal necesario. Pero debe servirnos como exhortación de que si descuidamos por un momento nuestra vigilancia y no fortalecemos nuestras instituciones democráticas, dándole en cambio cada vez más poder al estado, podrá sucedernos que perdamos progresivamente las mas básicas libertades.

Se observa así que no solo existe una paradoja de la libertad(4) sino también una paradoja de la planificación, que si no se advierte, si dejamos a los funcionarios públicos el poder absoluto de “planificar”, entonces le abrimos las puertas al abuso, el atropello y la ilegalidad.

Así las cosas la gran adversidad de nuestro tiempo es como logramos que el control del estado no esté ausente, asumiendo a la vez que su desborde generará una arbitrariedad inminente.

En la Argentina el procedimiento de intervención (independientemente de la ideología del poder de turno) ha sido siempre imprecisa, directa y personal, dotándo de poder discrecional a los funcionarios, lo cual implico nichos gigantes de corrupción, derroche del gasto e ineficiencia en los servicios y la función.


Entendemos desde nuestro lugar que el país vive una situación prepolítica. No se puede discutir tópicos ideológicos cuando el poder no está limitado y donde reina lo mas primitivo de la acción política. Antes de pensar en izquierdas y derechas (democráticas, claro está) primero se debe tener un Estado funcionando y no solo un gobierno mandando. Se debe tener República y una constitución normativa y sociológica real para después discutir si intervendrá más o menos su gobierno.

Por lo demás, dada su propia su existencia, no existe Estado que no intervenga, y toda acción de él interfiere con una cosa o con otra. Lo verdaderamente importante es si el ciudadano puede prever la acción del Estado y utilizar este conocimiento como un dato objetivo al establecer su plan de vida, lo que supone que el Estado no puede abusar del uso que hace de sus instrumentos y que el individuo sabe con exactitud hasta dónde estará protegido de o contra la intervención.

Hasta tanto no entendamos la importancia de las instituciones, seguiremos como Sísifo, condenado por los dioses a empujar para siempre una gran roca hasta la cima de una montaña, desde donde volvería a caer por su propio peso. Dirá Camus “Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.”(5)



Notas
1. La mejor evidencia que demuestra esto son sus severas críticas hacia las autocracias populares, líderes personalistas como Bonaparte y Bolívar y sus críticas a los despotismos orientales y “el modelo de producción asiático” de los cuáles muchas similitudes pueden extraerse de los populismos de los S.XX y S.XXI.
2. Popper Karl, La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 2010
3. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Mi dogma es la general maldad de los hombres de poder, son los que más se corrompen”.
4. Idem
5. Ver “La Odisea” de Homero o el escrito “El Mito de Sísifo” de Albert Camus.

lunes, 16 de diciembre de 2013

El proceso chileno

 
"Cuando alguien nos pregunta qué somos en política o,
anticipándose con la insolencia que pertenece al estilo de nuestro tiempo,
nos adscribe a una, en vez de responder, debemos preguntar al impertinente
qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia,
qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho.
La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos."
José Ortega y Gasset
 
Chile es hoy el gran éxito de América Latina a los ojos del mundo entero, aunque no sin un poco de vanidad de los propios chilenos. Con todo, las cifras macro y micro son mejores que las del Brasil de Lula y Dilma Rousseff: cuenta con el mayor PIB per cápita de América Latina, una inflación controlada y un crecimiento sostenido que han elevado sustancialmente la calidad de vida de los hermanos trasandinos.
La realidad es que nuestros vecinos han tenido enormes grados de consensos, sostenidos en el tiempo, referidos a la estabilidad institucional, el desarrollo económico, la iniciativa privada y la inclusión social, independientemente de la coalición gobernante que ejerza el poder. Los 20 años de la Concertación se han caracterizado por la seguridad jurídica y social, el fomento del crecimiento y la estabilidad económica y la suba de todos los índices sociales. El mismísimo Ricardo Lagos ha resumido así la gestión de la fuerza de centroizquierda:

“Primero tengo que hacer crecer la economía y, una vez que crece, ese delta del crecimiento lo puedo destinar a mejorar la educación, la salud, la vivienda, pero si no crezco, no puedo. Y hemos aprendido: para distribuir primero hay que crecer. Pero también sabemos que es importante distribuir para que haya una cohesión social para seguir creciendo. Es un camino complejo, difícil. Si me preocupo sólo por distribuir, se acaban las inversiones y el crecimiento. Si me preocupo sólo por crecer a la larga tengo un conflicto social.”

Por su parte Sebastián Piñera, el presidente que encabezó el primer gobierno de centroderecha tras más de veinte años de Concertación, gestionó con medidas que bien podrían catalogarse de progresistas. Durante su gestión se crearon más de 800.000 puestos de trabajo, llegando casi al pleno empleo. Se acortaron sustancialmente las listas de espera en los hospitales y se ampliaron como nunca las becas para los estudiantes. En materia de derechos humanos, el mandatario cerró el Penal Cordillera, considerado como un penal del lujo para militares procesados por delitos de lesa humanidad.
 
A su vez, con una inversión privada del 27% del PIB en 2013, según la revista Forbes, junto a los países que integran la Alianza del Pacífico, Chile está entre  los lugares más seguros del mundo para hacer inversiones y generar puestos genuinos de trabajo.
 
Ante las expectativas sobre el modelo y las supuestas intenciones de Michelle Bachelet de dar un giro brusco hacia un populismo autoritario, preciso es dilucidar el proceso.

Presionada por movimientos sociales, la nueva presidente electa dibuja un triángulo de reformas: educativa, cuyo objetivo es ir hacia la gratuidad de los estudios superiores; tributarias, con recargo a los que más tienen, en parte para costear la anterior reforma; y enmiendas a la Constitución para borrar lo que sobrevive de la dictadura militar (1973-1989).

Para aquellos que aún no se convencen, tal vez sea hora de percibir aquella gran enseñanza de Giovanni Sartori y entender que es lo que comprendieron los chilenos:

“Después de más de un siglo de laceraciones hemos vuelto a entender que a la democracia liberal – el verdadero nombre de la verdadera cosa – no le es necesario solamente el demócrata que espera el bienestar, la igualación y la cohesión social; sino que, además, le es necesario el liberal atento a los problemas de la servidumbre política, de la forma del Estado y de la iniciativa individual”.
 

O en palabras del ex-presidente chileno ya citado:

"Si en los noventa se cayó toda la estantería del socialismo real, en 2008 lo fue la del neoliberalismo extremo. No vamos a una izquierdización, sino a un nuevo ciclo político y económico"

Para algunos analistas, con la vuelta de Bachelet, en Chile sobreviene un modelo rupturista del consenso sobre como se progresa: un capitalismo dinámico y abierto, igualdad de oportunidades, ética meritocrática y una búsqueda pragmática del consenso
 

Este consenso mantenido hasta ahora, creemos, será difícil de quebrar y la plataforma propuesta por el nuevo oficialismo (pese a los movimientos mas radicalizados y que añoran los tiempos de la guerra fría) no vá más allá de lo que plantearía cualquier socialdemócrata moderno.


Por lo pronto, la nueva mandataria tendrá para resolver dos déficits con el equilibrio que le dio ya su primera gestión: la educación, remarcada con bajos índices por los estudios PISA y la cuestión social remarcada por la propia sociedad.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El rostro de la anomia


“La desorganización social abre la puerta a todas las aventuras”.
Emile Durckheim




Olas de saqueos sacudieron los hogares de cientos de cordobeses en la pasada noche del 4 de diciembre. Comerciantes, supermercadistas, domicilios particulares fueron embestidos, atacados y asaltados por agresores que irrumpieron para robar y saquear.

Decenas de heridos y detenidos y un muerto fueron las consecuencias de la noche trágica que azotó a Córdoba y que hicieron recordar los días más fatales del país.  Un paro salarial de las fuerzas de seguridad dejaron indefensa toda la ciudad, y,  sin un marco coercitivo cierto, las calles se transformaron en la selva.

Independientemente de las posibles razones individuales que pudiéramos encontrar para saber a ciencia cierta que los movilizó, pareciera que la gran motividad argentina consiste en saber aprovechar el momento justo en el cual poder obtener algo a expensas del otro. La ley del más fuerte: la ganancia del uno sobre la pérdida del otro.

Las profundidades causales arrastran años. Un dìa antes se conocía que el país, nuevamente, tiene los peores índices educativos del mundo. La escuela abandonada de todo tipo autoridad se hace impotente para garantizar el más mínimo ascenso social, generando solamente exclusión y desigualdad, escupiendo hijos desarmados para crecer en un mundo que avanza hacia la sociedad de la información y el conocimiento.

La anomia generalizada muestra su peor cara. Este concepto está en el centro de la teoría sociológica de Emile Durkheim, y mas aún de Robert K. Merton, y designa una situación en la que el tejido social está hecho harapos, que existen determinadas situaciones en la que ninguna norma supraindividual limita la agresividad de los individuos o los grupos, en la que las instituciones sociales ya sólo regulan territorios marginales de la vida colectiva. Reina así un orden anárquico de valores cuyas conductas no están ya determinadas, canalizadas, ni reguladas por un orden social, ni siquiera por el Estado y sus magistraturas.
 
Para Merton la anomia es “La quiebra de la estructura cultural, que tiene lugar en particular cuando hay una disyunción aguda entre las normas y los objetivos culturales y las capacidades socialmente estructuradas de los individuos del grupo para obrar de acuerdo con aquellos.” (Merton Robert, Teoría y estructura sociales, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1970).
La característica de caer en la anomia difiere asimismo entre los individuos debido a la estructura social donde conviven, haciendo a unos mas propensos y con más posibilidades de caer en un estado de anomia,  donde las posibilidades para acceder a los fines prescriptos por la cultura y la sociedad en general son escasos, de esta manera sin poder encontrar los medios para los fines, el individuo se verá obligado o en la necesidad, si quiere cumplir con los deberes y fines impuestos culturalmente, en buscar soluciones ilícitas para llegar a su meta.
 
La anomia nos observa y nos muestra la ausencia de un contrato social de valores que sea sólido, que imponga, no la homogeneidad, sino el respeto; no el control social, sino la convivencia; no la asimilación, sino la concordia en la diversidad; en definitiva que establezca un acuerdo moral básico que nos permita vivir en sociedad.

Sabemos que la situación no es la misma del 2001. Aquellos saqueos acamparon cuando la economía tenía índices mas negativos a los actuales. Hoy, la situación es un tanto diferente. Dicho esto, nadie debe creer que el país vive en el mejor de los mundos. Y esa es una primera instantánea clara de las horas recientes en que muchos vivieron en peligro.

Los saqueos tomaron por sorpresa a los gobiernos nacional y provincial y a la clase política en general. La incertidumbre, la tensión y la ausencia de información clara y fina fueron la constante. Y nuevamente la política dio una inocultable mediocridad común.

Un gobernador tan eufórico cual cierre de campaña, victimizante y sin la cintura y el control necesario para asumir la situación; y un gobierno nacional que perdido en la mezquindad política e irresponsable de su concentración de atribuciones y recursos, soltó la mano al pueblo de Córdoba.

Quedó evidenciado a su vez durante estas horas el desencaje entre poder y autoridad. La autoridad legal quedó minimizada, relegada al margen del acontecer del poderío social.

A veces pareciera que confundimos por momentos cuáles son las funciones del Estado. Se muestra como un gran gigante invertebrado que concentra recursos y atribuciones, pero incapaz de atender sus necesidades básicas de Seguridad, Justicia, Salud y Educación.

Por debajo de algunos logros, se entiende al Estado como un instrumento propio al servicio del control de la sociedad: se vigila a activistas y opositores, se organizan servicios comunicacionales adictos, se gasta dinero frivolidades para significar el relato, olvidando paradójicamente el control interno de sus propias agencias, perdiendo el control sobre la policía, el territorio y sobre las mafias que van perforando y abriendo nichos de impunidad en ese gigante invertebrado. Y todos estos vacíos se abren en un Estado que absorbe mas del 40% del PBI y que creció diez años a “tasas chinas”.

Este escenario inclemente, que por otra parte no deja de crecer, requiere profundas transformaciones. La democracia no sólo implica competencia por el poder; la democracia también implica el espíritu constructivo de levantar el edificio del Estado con el cimiento puesto en el mérito, la inclusión y el derecho. Una y otra tarea son diferentes y, a la vez, complementarias.

Si los gobiernos de diferente signo no son capaces de enhebrar el hilo de este argumento y no prestan la atención minuciosa que exige tener siempre en alerta los controles intraestatales, la inseguridad y la desconfianza seguirán cosechando sus peores frutos y erosionando el suelo de la vida democrática. La ciudadanía terminará al cabo interrogándose acerca del “para qué” de la democracia y hará girar sus preguntas en torno a otras infortunadas fórmulas que antaño ponían la seguridad a costa de la libertad.