lunes, 17 de febrero de 2014

Cuatro visiones clásicas sobre la igualdad


“El vivir, con toda evidencia, es algo común aún a las plantas.
Más nosotros buscamos lo propio del hombre.”
Aristóteles, Ética a Nicómano






La idea de la igualdad ha sido reivindicada y tomada en todos los tiempos y por casi todas las corrientes políticas. Se la representa generalmente en el imaginario social como a una conmovedora utopía humanista donde “todos somos iguales”, una universalidad  propia de la perfección de los dioses, una democracia absoluta con una total y sana convivencia.


Pero su indeterminación y su poderosa carga emotiva han hecho que hayan tantos conceptos de igualdad como hombres que la propugnan. Sería imposible trazar aquí toda esa vasta variedad, por lo que nos limitamos a establecer y diferencar (en la medidad de lo posible) cuatro visiones clásicas sobre la igualdad, que han influído desicivamente a la hora de diseñar políticas públicas y establecer regímenes políticos.


Nada se ha repetido tanto en la historia como la frase “Todos los hombres son (o nacen) iguales”. Máxima que recorre prácticamente todo el pensamiento político occidental, desde los estoicos al cristianismo, pasando por la Reforma, el liberalismo, los distintos socialismos y las mas recientes ideas de democracias.


A diferencia de la libertad, que siempre es una cualidad de la persona, la igualdad es un tipo de relación. Por ello se preguntará Norberto Bobbio “¿Igualdad entre quienes? e ¿Igualdad en qué?”.  La idea universal de la igualdad ha buscado así, no igualaciones físicas y naturales, sino igualaciones morales.


Así tenemos en primer lugar, la igualdad más general y aceptada: La igualdad ante la ley. Contrario a lo que se cree, su fuente no es el liberalismo, que también naturalmente lo toma, sino el mundo clásico. Se puede hallarlo en el antecedente de la Isonomía y al mismo Eurípides en páginas clásicas de la literatura se lo lee en Las SuplicantesNo hay peor enemigo de una ciudad que un tirano, cuando no predominan las leyes generales y un solo hombre tiene el poder, dictando las leyes para sí mismo y sin ninguna equidad. Cuando hay leyes escritas, el pobre como el rico tienen igual derecho”.


Lo que significa la igualdad ante la ley es el trato igual en circunstancias iguales, y así constituyó un factor de estabilidad de la sociedad de castas en la antigüedad y es un factor de estabilidad democrática en la actualidad donde se fusiona con el concepto de igualdad de derechos.


En segundo lugar tenemos la  igualdad de derecho, que significa algo mas que la mera igualdad ante la ley. Herencia indiscutida del liberalismo, significa gozar igualmente de algunos derechos  fundamentales, constitucionalmente garantizados, como se desprende de algunas célebres declaraciones históricas: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derecho”. Su origen se entiende que es anterior al Estado y parte de la misma naturaleza del hombre, inescindibles de él, y que por lo tanto no existe ley, estado ni religión que puedan vulnerar esos derechos mediante el uso de la fuerza. Su violación autoriza la resistencia a la opresión.


Estos principios implican respetar a rajatabla los proyectos de vida de las personas y entra naturalmente en conflicto cuando el Estado, en pos de igualar ante situaciones de exclusión, necesariamente vulnera la disposición de bienes materiales (por ejemplo mediante impuestos, gasto público o prohibiciones) para paliar otras necesidades materiales. Para el liberalismo clásico “el hombre –la persona individual- es un fin en sí mismo” y por lo tanto no puede ser utilizado, por la fuerza pública del Estado, como medio para atender otros fines, ya sean estos meramente políticos,  humanitarios, filantrópicos, etc. De allí la afirmación de que el gobierno solo es “un mal necesario” y que debe limitarse a garantizar seguridad y justicia. De todo lo demás se encarga la sociedad civil.


Entramos así a uno de los grandes conflicto de la modernidad. Hombres formalmente iguales y materialmente desiguales. Algunos argumentarán que los hombres son desiguales por naturaleza y que la búsqueda de la  igualdad de hecho llevará progresivamente al peor de los totalitarismos, otros buscarán en el igualitarismo una sociedad ideal, perfecta y homogeneizada, y finalmente en el medio de ese huracán se irán forjando los distintos causes que formarán la ideas actuales de la igualdad de las democracias modernas.


El tercer sentido clásico, es la idea socialista de la igualdad. Ésta es el de la igualdad de posesión y se concretará en la aspiración de crear condiciones y formas de vidas iguales. Se trata de nivelar y homogeneizar todo lo trascendente en la vida de las personas como los ingresos, valores, bienes, vivienda, propiedad, educación, salud, etc; lo cual supone una intervención absoluta del estado en la vida y la economía de las personas. Igualar significa aquí que “lo tuyo” pasa a ser lo “nuestro” y por ende la autoridad central debe tener el poder suficiente para redistribuir y crear igualdad. Cuando Marx señaló que todo el programa comunista se resumía en la abolición de la propiedad privada, estaba formulando su ideal con toda exactitud. El peligro del absolutismo para lograr la mayor igualación social se logra captar a simple vista, y es la razón de la célebre conclusión de Bertrand de Jouvenel: “Toda potencia central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad, la favorece; pues la igualdad favorece singularmente la acción de tal potencia”.


Finalmente llegamos al cuarto sentido de igualdad, la más reivindicada en el mundo moderno: La igualdad de oportunidades. El problema de su definición radica precisamente en su prestigio y la ingeniería política ha hecho que se termine diluyendo en variadas mutaciones. Su idea aproximada ya se puede dilucidar en Alexis de Toqueville, cuando en las primeras páginas de su Sobre la Democracia en América señala: “Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en los Estados Unidos han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más en la igualdad de condiciones el hecho generador del que cada hecho particular parecía derivarse”.


Este ha sido el llamado “repliegue liberal” en vista de la incoherencia que de otra manera puede existir entre principios y realidad. Esto implica postular que existe una redistribución forzosa de recursos (vía impuestos y gasto público) que es legítima a fin de nivelar (hasta un cierto punto y limitado con controles y pautas claras) las posibilidades de realizar los proyectos de vida de las personas y que la sociedad no es justa, no es equitativa ni legítima, si no asegura a todos ese mínimo piso necesario de igualdad para que todos tengamos alguna oportunidad razonable de llegar a realizar lo que podemos ser. Es una igualdad en el punto de partida, a partir del cual se garantiza la cultura del mérito y la libre iniciativa privada de los hombres.



Entre éste repliegue del liberalismo y la socialdemocracia podemos encontrar sus orígenes y en autores como Jhon Rawls algunos de sus presupuestos filosóficos, e incluso Friedrich Hayek y Milton Friedman han reconocido alguna variante de ella para paliar transitoriamente necesidades de subsistencia.


La experiencia de la modernidad demuestra en que en el largo plazo no existe libertad sin igualdad, e igualdad sin libertad. No hay sociedades libres que no hayan incluído en su agenda la igualdad de derechos y oportunidades y no son igualitarias aquellas sociedades oprimidas por un gobierno central que busca un igualitarismo homogéneo negando la naturaleza individual del hombre. La insistencia en oponer igualdad con libertad ha profundizado una riesgosa división en las ideas democráticas y ha dado paso a un nuevo auge de populismos autoritarios.


Solo la alianza entre la libertad y la igualdad, actualizada y centrada en el hombre, podrá encaminar los causes de la modernidad en una sociedad abierta, plural, próspera e igualitaria.

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