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domingo, 23 de febrero de 2014

Y al final ¿Que es ser fascista?

"Bajo el pretexto de que el poder ha sido dado a la nación,
se ha puesto a la nación en manos del poder"
Bertrand de Jouvenel






La liviandad con que regularmente se usa el término “fascista” es natural cuando se viven climas de furibunda violencia. Resulta difícil contemplar con distanciamiento científico a unas fuerzas que promovieron un desastre histórico a escala mundial, y que juegan en su interpretación su carga peyorativa y su uso político. Los hechos acontecidos en Venezuela los últimos días han llevado a que oficialismo y oposición en Venezuela, y en los países vecinos, se proliferaran acusaciones mutuas de fascismo. Por ello pretendemos aquí solamente acercar algunas notas de las características comunes de estados y movimientos fascistas, sin tratar de describir las características exclusivas de cada grupo. Es decir, enfocarnos en el sentido analógico del fascismo y no en su sentido estricto-histórico.


El concepto de fascismo es tal vez uno de los más ambiguos de la teoría política y la extensión de este adjetivo ha introducido tanta confusión como claridad, pues lo que el concepto ha ganado en amplitud lo ha perdido rápidamente en precisión. Por eso es que podemos identificar  en cada movimiento algunas características que estarán ausentes en otras. Podemos agregar que en líneas generales que “el fascismo -dirá Norberto Bobbio- es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales”.


En definitiva, el término de fascista no se utiliza sólo porque sea el convencional, sino porque el movimiento italiano fue la primera fuerza considerable que exhibió esas características (o por lo menos casi todas ellas) como un nuevo tipo, y durante mucho tiempo fue el más influyente ideológicamente.


Más allá de las interpretaciones sobre su origen, que de por sí son variadas, Stanley Paine hace una descripción tipológica general:

A. Las Negaciones Fascistas:

 ü  Antiliberalismo

 ü  Anticomunismo

 ü  Anticonservadurismo (aunque en el entendimiento de que los grupos fascistas estaban dispuestos a concretar alianzas temporales con grupos de cualquier otro sector)

B. Ideología y objetivos

 ü  Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario, no basado únicamente en principios ni modelos tradicionales.

 ü  Organización de algún tipo nuevo de estructura económica nacional integrada, regulada y dirigista.

 ü  Cambio radical en la relación de la nación con otras potencias.

 ü  Defensa específica de un credo idealista y voluntarista, que normalmente implicaba una tentativa de realizar una nueva forma de cultura autodeterminada.

C. Estilo y Organización:

 ü  Importancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía política, con insistencia en los aspectos románticos y místicos.

 ü  Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo políticos y con el objetivo de una milicia de masas del partido.

 ü  Evaluación positiva y uso de la violencia, o disposición al uso de ésta.

 ü  Visión orgánica de la sociedad.

 ü  Exaltación de la juventud sobre las otras fases de la vida, con hincapié en el conflicto entre generaciones, por lo menos al efectuar la transformación política inicial.

 ü  Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático, tanto si al principio el mando es en cierta medida electivo como si no lo es.


Otra enumeración didáctica, aunque polémica y con verdadero sesgo militante, es la de Umberto Eco en su artículo sobre “El Fascismo eterno” en sus “Cinco escritos morales”. Señala allí que  “A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar «Ur-Fascismo», o «fascismo eterno». Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen entre sí, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.”


 ü  Culto de la tradición, de la revelación recibida en el alba de la historia nacional. Los fascismos reivindican próceres y edades históricas con la cual se identifican.

 ü  Rechazo del modernismo. El rechazo del mundo moderno se camufla como condena de la forma de vida capitalista, pero concierne principalmente a la repulsa del espíritu de las revoluciones francesa y norteamericana. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna.

 ü  Culto de la acción por la acción. Según Emilio Gentile, en el fascismo, se sacraliza la política y su primado se impone sobre cualquier otro aspecto de la vida individual o colectiva. La acción es bella de por sí y, por lo tanto, debe actuarse antes de, y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se identifica con actitudes críticas. Desde la declaración atribuida a Goebbels (“Cuando oigo la palabra Cultura, hecho mano a la pistola”) hasta el uso frecuente de expresiones como “cerdos intelectuales”, “estudiante cabrón, trabaja de peón”, “muera la inteligencia”, “universidad, guarida de comunistas”, la sospecha hacia el mundo intelectual ha sido siempre un síntoma de Ur-Fascismo.

 ü  Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.

 ü  Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos (léase extranjeros). El Ur-Fascismo es, pues, racista/xenófobo por definición.

 ü  El Ur-Fascismo surge de la frustración individual o social. Esto explica por qué una de las características típicas de los fascismos históricos ha sido el llamamiento a las clases medias frustradas, desazonadas por alguna crisis económica o humillación política, asustadas por la presión de grupos sociales subalternos.

 ü  Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot. A los que carecen de una identidad social cualquiera, el Ur-fascismo les dice que su único privilegio es el más vulgar de todos, haber nacido en el mismo país. Este es el origen de los nacionalismo. Además, los únicos que pueden ofrecer una identidad a la nación son los enemigos. De esta forma, en la raíz de la sicología Ur-fascista está la obsesión por el complot, sea internacional o interior. Los adictos deben sentirse asediados. La manera más fácil de hacer que asome un complot es apelar a la xenofobia.

 ü  Envidia y miedo al “enemigo”. Los partidarios deben sentirse humillados por la riqueza ostentada y la fuerza del enemigo. Los partidarios, con todo, deberán estar convencidos de que pueden derrotar al enemigo. Así, gracias a un continuo salto de registro retórico, los enemigos son simultáneamente demasiado fuertes y demasiado débiles.

 ü  Principio de guerra permanente. Para el Ur-Fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien “vida para la lucha”. El pacifismo es entonces colusión con el enemigo; el pacifismo es malo porque la vida es una guerra permanente.

 ü  Elitismo, desprecio por los débiles. El Ur-Fascismo no puede evitar predicar un “elitismo popular”. Cada ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo, los miembros del partido son los ciudadanos mejores, cada ciudadano puede (o debería) convertirse en miembro del partido. Pero no puede haber patricios sin plebeyos. Puesto que el grupo está organizado jerárquicamente (según modelo militar), todo líder subordinado desprecia a sus subalternos, y ellos a su vez desprecian a sus inferiores. Todo esto refuerza el sentido de un elitismo de masa.

 ü  Heroísmo, culto a la muerte, a la épica. En esta perspectiva, cada uno está educado para convertirse en héroe. En todas las mitologías, el «héroe» es un ser excepcional, pero en la ideología Ur-Fascista el heroísmo y el culto a la muerte es la norma.

 ü  Puesto que tanto la guerra permanente como el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-Fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. Éste es el origen del machismo (que implica desdén hacia las mujeres y una condena intolerante de costumbres sexuales no conformistas, desde la castidad hasta la homosexualidad). Y dado que el sexo es también un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista jugará con las armas, que son su Erzatz fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente.

 ü  Populismo cualitativo. En una democracia los ciudadanos gozan de derechos individuales, pero el conjunto de los ciudadanos sólo está dotado de un impacto político desde el punto de vista cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Para el Ur-Fascismo los individuos como tales no tienen derecho, y el “pueblo” se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la “voluntad común”. Puesto que ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los ciudadanos no actúan, son llamados sólo para desempeñar el papel de pueblo. En razón de su populismo cualitativo, el Ur-Fascismo debe oponerse a los "podridos" gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la “voz del pueblo”, podemos percibir olor de Ur-Fascismo. Así expresaba Mussolini: “El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.”

 ü  Neolengua. La ficción de Orwell  se torna realidad en las diversas formas de dictaduras. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de emular al líder y limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. No obstante advierte Eco, debemos estar preparados para identificar otras formas modernas de neo habla.



El fascismo en su sentido analógico fue siempre una ideología antiliberal y populista bastante elástica, que acusa la presencia de una familia de posiciones generales que están presentes en diferentes corrientes. “Nuestro deber es desenmascararlo”, advierte Eco, “y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo”.


Tal vez una de las grandes advertencias que nos dejó el S.XX es a no relativizar la democracia a un mero régimen electoral. La democracia moderna es regla de mayoría, división horizontal de poderes y derechos básicos inviolables. Son las tres columnas que protegen a los ciudadanos del despotismo autoritario y tienen la misma prelación y jerarquía. Donde falte uno de ellos se da entrada a un estado de excepción, quedando el ciudadano librado a la ley del mas fuerte. Los conceptos de dictadura, fascismo, bonapartismo, han tenido diversas interpretaciones a lo largo del tiempo y muchas veces son abiertos e imprecisos.  Pero donde impere la bota militar, el sable y la pistola, donde la razón de estado se impone a la condición humana y se descerrajan y anulan derechos básicos, donde se vulnera la libertad de expresión, de reunión y asociación, se militariza a la sociedad, se penaliza la disidencia política y se conculcan derechos y conquista sociales; No tenga miedo de apuntar: allí se está incubando la tentación totalitaria, acechando, esperando el momento para devorar definitivamente la libertad, allí está la sombra del fascismo y la dictadura, aunque se vote y haya elecciones.

La película "La Ola", es una didáctica parábola del fascismo. Sinopsis: Alemania hoy. Durante la semana de proyectos, al profesor de instituto Rainer Wenger (Jürgen Vogel) se le ocurre la idea de un experimento que explique a sus alumnos cuál es el funcionamiento de los gobiernos totalitarios. Comienza así un experimento que acabará con resultados trágicos.
 En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: LA OLA. Al tercer día, los alumnos comienza a aislarse y amenazarse entre sí. Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia durante un partido de water polo, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, LA OLA se ha descontrolado...

lunes, 17 de febrero de 2014

Cuatro visiones clásicas sobre la igualdad


“El vivir, con toda evidencia, es algo común aún a las plantas.
Más nosotros buscamos lo propio del hombre.”
Aristóteles, Ética a Nicómano






La idea de la igualdad ha sido reivindicada y tomada en todos los tiempos y por casi todas las corrientes políticas. Se la representa generalmente en el imaginario social como a una conmovedora utopía humanista donde “todos somos iguales”, una universalidad  propia de la perfección de los dioses, una democracia absoluta con una total y sana convivencia.


Pero su indeterminación y su poderosa carga emotiva han hecho que hayan tantos conceptos de igualdad como hombres que la propugnan. Sería imposible trazar aquí toda esa vasta variedad, por lo que nos limitamos a establecer y diferencar (en la medidad de lo posible) cuatro visiones clásicas sobre la igualdad, que han influído desicivamente a la hora de diseñar políticas públicas y establecer regímenes políticos.


Nada se ha repetido tanto en la historia como la frase “Todos los hombres son (o nacen) iguales”. Máxima que recorre prácticamente todo el pensamiento político occidental, desde los estoicos al cristianismo, pasando por la Reforma, el liberalismo, los distintos socialismos y las mas recientes ideas de democracias.


A diferencia de la libertad, que siempre es una cualidad de la persona, la igualdad es un tipo de relación. Por ello se preguntará Norberto Bobbio “¿Igualdad entre quienes? e ¿Igualdad en qué?”.  La idea universal de la igualdad ha buscado así, no igualaciones físicas y naturales, sino igualaciones morales.


Así tenemos en primer lugar, la igualdad más general y aceptada: La igualdad ante la ley. Contrario a lo que se cree, su fuente no es el liberalismo, que también naturalmente lo toma, sino el mundo clásico. Se puede hallarlo en el antecedente de la Isonomía y al mismo Eurípides en páginas clásicas de la literatura se lo lee en Las SuplicantesNo hay peor enemigo de una ciudad que un tirano, cuando no predominan las leyes generales y un solo hombre tiene el poder, dictando las leyes para sí mismo y sin ninguna equidad. Cuando hay leyes escritas, el pobre como el rico tienen igual derecho”.


Lo que significa la igualdad ante la ley es el trato igual en circunstancias iguales, y así constituyó un factor de estabilidad de la sociedad de castas en la antigüedad y es un factor de estabilidad democrática en la actualidad donde se fusiona con el concepto de igualdad de derechos.


En segundo lugar tenemos la  igualdad de derecho, que significa algo mas que la mera igualdad ante la ley. Herencia indiscutida del liberalismo, significa gozar igualmente de algunos derechos  fundamentales, constitucionalmente garantizados, como se desprende de algunas célebres declaraciones históricas: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derecho”. Su origen se entiende que es anterior al Estado y parte de la misma naturaleza del hombre, inescindibles de él, y que por lo tanto no existe ley, estado ni religión que puedan vulnerar esos derechos mediante el uso de la fuerza. Su violación autoriza la resistencia a la opresión.


Estos principios implican respetar a rajatabla los proyectos de vida de las personas y entra naturalmente en conflicto cuando el Estado, en pos de igualar ante situaciones de exclusión, necesariamente vulnera la disposición de bienes materiales (por ejemplo mediante impuestos, gasto público o prohibiciones) para paliar otras necesidades materiales. Para el liberalismo clásico “el hombre –la persona individual- es un fin en sí mismo” y por lo tanto no puede ser utilizado, por la fuerza pública del Estado, como medio para atender otros fines, ya sean estos meramente políticos,  humanitarios, filantrópicos, etc. De allí la afirmación de que el gobierno solo es “un mal necesario” y que debe limitarse a garantizar seguridad y justicia. De todo lo demás se encarga la sociedad civil.


Entramos así a uno de los grandes conflicto de la modernidad. Hombres formalmente iguales y materialmente desiguales. Algunos argumentarán que los hombres son desiguales por naturaleza y que la búsqueda de la  igualdad de hecho llevará progresivamente al peor de los totalitarismos, otros buscarán en el igualitarismo una sociedad ideal, perfecta y homogeneizada, y finalmente en el medio de ese huracán se irán forjando los distintos causes que formarán la ideas actuales de la igualdad de las democracias modernas.


El tercer sentido clásico, es la idea socialista de la igualdad. Ésta es el de la igualdad de posesión y se concretará en la aspiración de crear condiciones y formas de vidas iguales. Se trata de nivelar y homogeneizar todo lo trascendente en la vida de las personas como los ingresos, valores, bienes, vivienda, propiedad, educación, salud, etc; lo cual supone una intervención absoluta del estado en la vida y la economía de las personas. Igualar significa aquí que “lo tuyo” pasa a ser lo “nuestro” y por ende la autoridad central debe tener el poder suficiente para redistribuir y crear igualdad. Cuando Marx señaló que todo el programa comunista se resumía en la abolición de la propiedad privada, estaba formulando su ideal con toda exactitud. El peligro del absolutismo para lograr la mayor igualación social se logra captar a simple vista, y es la razón de la célebre conclusión de Bertrand de Jouvenel: “Toda potencia central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad, la favorece; pues la igualdad favorece singularmente la acción de tal potencia”.


Finalmente llegamos al cuarto sentido de igualdad, la más reivindicada en el mundo moderno: La igualdad de oportunidades. El problema de su definición radica precisamente en su prestigio y la ingeniería política ha hecho que se termine diluyendo en variadas mutaciones. Su idea aproximada ya se puede dilucidar en Alexis de Toqueville, cuando en las primeras páginas de su Sobre la Democracia en América señala: “Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en los Estados Unidos han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más en la igualdad de condiciones el hecho generador del que cada hecho particular parecía derivarse”.


Este ha sido el llamado “repliegue liberal” en vista de la incoherencia que de otra manera puede existir entre principios y realidad. Esto implica postular que existe una redistribución forzosa de recursos (vía impuestos y gasto público) que es legítima a fin de nivelar (hasta un cierto punto y limitado con controles y pautas claras) las posibilidades de realizar los proyectos de vida de las personas y que la sociedad no es justa, no es equitativa ni legítima, si no asegura a todos ese mínimo piso necesario de igualdad para que todos tengamos alguna oportunidad razonable de llegar a realizar lo que podemos ser. Es una igualdad en el punto de partida, a partir del cual se garantiza la cultura del mérito y la libre iniciativa privada de los hombres.



Entre éste repliegue del liberalismo y la socialdemocracia podemos encontrar sus orígenes y en autores como Jhon Rawls algunos de sus presupuestos filosóficos, e incluso Friedrich Hayek y Milton Friedman han reconocido alguna variante de ella para paliar transitoriamente necesidades de subsistencia.


La experiencia de la modernidad demuestra en que en el largo plazo no existe libertad sin igualdad, e igualdad sin libertad. No hay sociedades libres que no hayan incluído en su agenda la igualdad de derechos y oportunidades y no son igualitarias aquellas sociedades oprimidas por un gobierno central que busca un igualitarismo homogéneo negando la naturaleza individual del hombre. La insistencia en oponer igualdad con libertad ha profundizado una riesgosa división en las ideas democráticas y ha dado paso a un nuevo auge de populismos autoritarios.


Solo la alianza entre la libertad y la igualdad, actualizada y centrada en el hombre, podrá encaminar los causes de la modernidad en una sociedad abierta, plural, próspera e igualitaria.

jueves, 30 de enero de 2014

La lenta agonía del estado clientelar


La limitación es esencial a la autoridad, pues un gobierno

sólo es legítimo si está efectivamente limitado.

Lord Acton




Todo parece indicar que por primera vez en la historia, el peronismo deberá correr con la cuenta del ajuste de la fiesta que organizó. Y como quién trata de evitar lo inminente, acude a toda su epopeya ideológica para ganar tiempo y evitar que el desfalco le explote del todo en las manos. El fantasma del “golpe de mercado” empieza a transformarse en la gran excusa para evitar lo que para todo el mundo político y económico es obvio: los recursos se acabaron y cualquier intento de mantener su economía clientelar será a costa de emisión espuria, deuda exponencial o mas impuestos, restringiendo y atorando aún mas a la clase media argentina.

 El kirchnerismo fue construyendo su paradójico fin. La aspiración por una hegemonía montada con subsidios y concentración unitaria de la caja generó todo un mundo subterráneo de fidelidades, fuertes en épocas de prosperidad y pero tenues y débiles en épocas de crisis y ajuste. Éste mundo subterráneo que atrajo el consenso de sindicalistas, empresarios corruptos especialistas en cazar privilegios estatales y gobernadores cobardes, giró en torno a la fórmula de una capitalismo asisitido y prebendario. Controló y concentró así el poder económico y el poder político. Para ello necesitó un gobierno subsidiador que ofertó, a cambio de fidelidad y servidumbre política, la maximización de las rentas sectoriales a costa del presupuesto público. El Estado populista es así, ni liberal ni de bienestar, es un estado clientelar. En este sentido el kirchnerismo perfeccionó todo un estilo de hacer política, iniciada según Tulio Halperín Dongui en los albores del primer peronismo y continuada por todos los sectores partidarios que gobernaron hasta entonces. Una concepción política que se “reducía a una técnica para suscitar obediencia”. El peronismo así, a pesar de sus recurrentes y desconcertantes metamorfosis, retiene un rasgo caracterizador, y es la conciencia viva de que lo que siempre está en juego es nada más que el poder.

 El gran problema de todo ello es que para el mantenimiento de un gobierno hegemónico, según lo buscó el peronismo en cualquiera de sus máscaras, el patrimonialismo clientelar y el uso del estado como botín de guerra es una consecuencia ipso facto. La economía peronista estará así condenada siempre al fracaso, a la inflación y al déficit si no cambia su concepción del poder.

A pesar de sus intentos de fatuos revolucionarios, en definitiva Axel Kicillof no es muy diferente de sus predecesores. Kicillof, Gelbard, Gómez Morales, Celestino Rodrigo, son todos brazos y cabezas de Briareo. El programa económico es prácticamente el mismo. Subsidios a empresarios amigos y derroche del gasto público, cierre de importaciones y control rígido y burocrático de la exportación, congelamiento de precios y emisión monetaria descontrolada. Y a ello se agrega el parche inmoral del asistencialismo corrupto de siempre, de dar a los mas pobres lo suficiente para que sigan siendo pobres, sin ninguna posibilidad de movilidad social.


 Pero la situación actual es aún peor que las anteriores crisis cíclicas de las economías populistas. A ello se suma un grave problema de conducción que genera incertidumbre y desolación. El gobierno no logra transmitir un rumbo, aunque lo pueda haber, y sus complejos ideológicos le impiden ver la salida. Se presume que la única estrategia es retrasar todo lo posible el ajuste y resisitir con emisión espuria y sus más de 29 mil millones de dólares en el Banco Central.

 El año y medio que resta marcará la encrucijada. Para mantener su base de poder electoral, el kirchnerismo seguirá posiblemente con la economía subsidiada, los controles de precios y el relato infantilista de los fierros conspiracionistas y el “golpe de mercado” y profundizará de ésta manera la lenta y larga agonía de la crisis energética, el deficit fiscal y una de las inflaciones mas altas del mundo.

 No parece haber por el momento solución ni de corto ni de largo plazo, sin un cambio estructural y profundo, incompatible hoy con el marco ideológico y político del oficialismo y el cual no contaría con el apoyo de sus mayorías legislativas. Por lo pronto, si no se introducen cambios drásticos, es probable que una situación de crisis modifique más adelante estas resistencias a los cambios necesarios y finalmente la fuerza de los hechos se impondrá: Pero a un costo económico y social mucho mayor.


 Después de la lenta agonía, si sabemos aprovechar el aprendizaje histórico, deberá comenzar la reconstrucción de una Argentina mas republicana y federal, abierta y emprendedora, productiva y con inclusión.

lunes, 6 de enero de 2014

Las manos sucias

“(…) para actuar, para modificar la Historia, es preciso ensuciarse las manos;
el alma limpia de los puros sólo produce esterilidad y
favorece el triunfo de los enemigos.”.
“Las manos sucias”, Jean - Paul Sartre.
Curiosamente muchos intelectuales siempre han sentido una rara y poderosa atracción por el poder. Encantados con él, conspiran en su favor, buscando en los hombres “prácticos” los instrumentadores de ideal soñado. A menudo buscan y llaman al hombre de acción, algún brazo temporal, algún salvador que ejecute su orden quimérico.

Así, Platón consideró, ilusoriamente, que podría modelar a los tiranos de Siracusa a su particular visión de la república y el rol del gobierno, buscando su “rey filósofo”. En las sentinas de Nápoles, el domínico Campanella soñó con la La Ciudad del Sol presidida por un Supremo metafísico. Hegel fue designado “primer filósofo oficial” para servir a Federico Guillermo de Prusia en el período de la “restauración” feudal que siguió a las guerras napoleónicas.  Martin Heidegger cayó en el mismo error cuando se creyó capaz de imponer su visión de Alemania al incipiente régimen de Hitler. Su quimera no duró más que un año. Cuenta la anécdota que cuando retomó la enseñanza universitaria tras su vergonzoso periodo como rector nazi de la universidad de Friburgo, un colega ahora olvidado, para ahondar en el oprobio, le preguntó sarcásticamente: "¿De vuelta de Siracusa?"

Jean-Paul Sartre fue, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, quien mejor ejemplificó la noción del “intelectual comprometido”. Su compromiso lo llevó a ignorar los crímenes de Stalin y a justificar atrocidades como la invasión soviética a Hungría y el gulag, de las que más tarde se arrepintió. Su célebre polémica con Albert Camus fue, precisamente, acerca de la naturaleza del compromiso.

En la Argentina, partir de los años 50, los intelectuales, especialmente los de izquierda, han buscado ocupar un lugar frente a los fenómenos políticos. Y muchos son los que han elegido tomar el camino de Sartre. No ya en el sentido de la discusión marxista, ya que hubo en esa controversia algo más trascendental, que iba más allá de las circunstancias, algo más profundo que todavía está en discusión y que persigue a todo ciudadano en la vida cotidiana. ¿Es posible apoyar incondicionalmente un gobierno sin ensuciarse las manos, sin entrar en compromisos? En aras de los resultados concretos, ¿se debe guardar silencio sobre los errores cometidos dentro de la estructura de un partido o gobierno que se defiende, y sobre los hechos de corrupción que parecen ser una secuela inevitable de todo populismo? O, por el contrario, ¿la única manera de hacer la vida humana más humana es denunciar todas las violaciones que se cometen contra los derechos de nuestros semejantes, tal como lo planteó Camus?.

En estos términos planteó Ricardo Forster, el filósofo de Carta Abierta, en su nota de Página 12 (Acá) una nueva defensa del general Milani. Como una obstinación verticalista, plantea de un modo abierto el dilema de lo que podríamos llamar “la izquierda kirchnerista”: confiar en la “fuerza” y “sapiencia” de Cristina o tomar posición autónoma frente a los desmadres y el autismo político que están terminando de erosionar toda la legitimidad del gobierno.

La conclusión a que llega la densa retórica del “filósofo” es que el caso Milani no es tan central, tan importante, tan significativo, como para que la izquierda rompa su alianza con el gobierno, a cuya líder se encomienda en términos personales. Casi mesiánicos.

Plantea una especie de llamado al realismo político, de que hay que cerrar filas frente a los “enemigos”, parafraseando explícitamente nada más y nada menos que al politólogo nazi Carl Schmith.

Criticar, reprender, señalar errores, siquiera dudar, es aproximarse excesivamente a una posición de herejía. La renuncia al pensamiento crítico es la carta de afiliación al kirchnerismo. ¿Dónde quedó la complacencia por las movilizaciones? Cualquier marcha ciudadana hoy genera el patetismo del fantasma de la desestabilización. El relato comienza su última etapa: la descomposición final frente a la realidad ineludible.

 Fue en el curso de esta misión redentora, que algunos intelectuales que obraron de relatores cambiaron el sentido crítico por la obsecuencia, la rebeldía por la docilidad, la dignidad por la defensa irrestricta del poder, todo en nombre de una presunta lucha ideológica.

 Con los aires propios de una superioridad liberadora intentaron que todos ignoren la realidad inventando gigantes de barro que se fueron desmoronando a medida que transcurría el tiempo.

 Como el Raskolnikov de Dovstoyevsky, también ellos se creen “superhombres” que están por encima de lo vulgar, lo chabacano, y se arrogan la amoralidad del genio, aplicando a su favor la moral del Estado, sacrificando la moral del individuo. “Por un solo crimen, ¡Cuántas buenas acciones no habría podido realizar!” exclama su justificación el personaje ruso en Crimen y Castigo.

 Este pensamiento mezquino sintetiza los peores vicios de un sector que durante años fue la vanguardia frente al avance de la corrupción, la arbitrariedad y la prepotencia del poder. Y que ahora, en defensa del poder, han terminado con Las manos sucias, adoptando el negacionismo, el relativismo moral y el verticalismo más reaccionario.

Sin dudas que en el juicio de la historia, estará Camus observándoles que el alineamiento incondicional, el apoyo incuestionable, el  talibanismo político, no solo es un camino sin retorno; sino también inmoral.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La destrucción de lo privado y la destrucción de lo público

“La vieja cuestión de ¿Quiénes deben gobernar? 
debe ser reemplazada por la otra, mucho mas realista,
de ¿Cómo podemos sujetar a quienes gobiernan?”
Karl Popper
Sísyphus por Tiziano, 1549. Condenado por los dioses a empujar perpetuamente una roca gigante, montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.
Es necesario admitir que Marx, con los ojos propios de su tiempo, observó algunas cosas en su justa magnitud. Erró en su historicismo, en seguir el concepto de “clase” y en continuar la teoría clásica del valor. Pero si consideramos únicamente su profecía de que el sistema capitalista sin trabas, o laissez faire, tal como el lo conocía, no habría de durar mucho tiempo, debemos reconocer que se encontraba en lo cierto.

 Pero nos equivocaríamos groseramente si admitimos que Marx haya predicho con el nombre de socialismo, el advenimiento de un nuevo sistema: el Intervencionismo. Lo que el llamó socialismo era profundamente distinto de cualquier forma de intervencionismo, ya que creía firmemente que la “inminente” transformación habría de quitar toda influencia al Estado, en tanto que el intervencionismo lo ha incrementado por todas partes. (1)


Tal como señala Karl Popper, luego de la Revolución Industrial, única manifestación de lo que se puede llamar “capitalismo sin trabas”, lo que ha continuado son distintas formas de intervencionismos. (2)
Entender sus peligros y beneficios, es una cuestión de ingeniería y tecnología social, delicada, aunque necesaria y controlable una vez que se la comprende bajo los paradigmas de la democracias modernas. Herramienta adaptable y eficiente para liberales y socialdemócratas, aunque armas peligrosas en manos de personalismos y autócratas de todo tipo.

Lo cierto es que el intervencionismo limitado y democrático (en su mejor sentido) ha venido siendo utilizado sin límites y con distintos ropajes y así pareciera que bajo distintos ciclos ideológicos se van destruyendo lo mejor de las ideas.

Así como en los años 90 el presidente Menem se cargó las bondades de lo privado, pareciera que Cristina Fernández puede hundir para siempre las cualidades de lo público. Y lo mas paradójico: Todo en manos del mismo partido.

La destrucción de lo privado

La situación que afrontaba el país hacia el final de la década del ochenta era dramática: El primer presidente de la nueva democracia, Raúl Alfonsín, entregó el mandato de manera anticipada con un proceso de hiperinflación donde los precios eran remarcados a diario, colapso energético y un Estado elefantiásico, heredado de la dictadura y el largo período populista iniciado en los 30, que obligaba al Estado a la pérdida de todo el gasto público. Con esta situación de colapso estatista, sumado al clima de ideas en el mundo luego de la caída de la URSS, se insinuaba la vuelta de la necesidad imperiosa de la iniciativa individual y la inversión privada. Pero con el discurso “pro mercado” convivieron la deuda, el derroche del gasto público y el aumento de todos los impuestos; el capitalismo corporativo de amigos y los privilegios corruptos a los amigos del poder; la desocupación y la convertibilidad.

La destrucción de lo público

Todo parece indicar que el kirchnerismo se llevará puesto con él la idea de “público”. Y es que junto al discurso progresista de inclusión social de los primeros momentos allá por el 2003, convivieron el emisionismo monetario, la inflación y el control corrupto de la producción; el desborde de los servicios públicos y manejo clientelista de las políticas sociales; el centralismo económico y la muerte del federalismo; la xenofobia política y la devastación de las instituciones republicanas;

Y nuevamente el clima de ideas empieza a girar progresivamente en busca de nuevas respuestas.

Y es que nunca entendimos que junto al verticalismo propio de todo populismo, se borran todas las barreras y las fronteras republicanas del Estado. Deja de tener funciones constitucionales específicas, para abarcar cualquier aspecto de la vida, la libertad y la economía de las personas.

 La sociedad en general aún no alcanza a comprender el peligro inminente que implica acrecentar el poderío del Estado, y por ende no se entiende la necesidad de limitarlo, regularlo con funciones específicas, dotarlo de un marco legal seguro y previsible. No se percibe que todo poder, tal como lo previó Lord Acton(3), y en especial el poder político, es el más peligroso de todos, y que también la intervención excesiva en materia económica, tiene a acrecentar aún más el poder político.

Debemos decir, no obstante y pese a su peligrosidad, que el Estado sigue siendo un mal necesario. Pero debe servirnos como exhortación de que si descuidamos por un momento nuestra vigilancia y no fortalecemos nuestras instituciones democráticas, dándole en cambio cada vez más poder al estado, podrá sucedernos que perdamos progresivamente las mas básicas libertades.

Se observa así que no solo existe una paradoja de la libertad(4) sino también una paradoja de la planificación, que si no se advierte, si dejamos a los funcionarios públicos el poder absoluto de “planificar”, entonces le abrimos las puertas al abuso, el atropello y la ilegalidad.

Así las cosas la gran adversidad de nuestro tiempo es como logramos que el control del estado no esté ausente, asumiendo a la vez que su desborde generará una arbitrariedad inminente.

En la Argentina el procedimiento de intervención (independientemente de la ideología del poder de turno) ha sido siempre imprecisa, directa y personal, dotándo de poder discrecional a los funcionarios, lo cual implico nichos gigantes de corrupción, derroche del gasto e ineficiencia en los servicios y la función.


Entendemos desde nuestro lugar que el país vive una situación prepolítica. No se puede discutir tópicos ideológicos cuando el poder no está limitado y donde reina lo mas primitivo de la acción política. Antes de pensar en izquierdas y derechas (democráticas, claro está) primero se debe tener un Estado funcionando y no solo un gobierno mandando. Se debe tener República y una constitución normativa y sociológica real para después discutir si intervendrá más o menos su gobierno.

Por lo demás, dada su propia su existencia, no existe Estado que no intervenga, y toda acción de él interfiere con una cosa o con otra. Lo verdaderamente importante es si el ciudadano puede prever la acción del Estado y utilizar este conocimiento como un dato objetivo al establecer su plan de vida, lo que supone que el Estado no puede abusar del uso que hace de sus instrumentos y que el individuo sabe con exactitud hasta dónde estará protegido de o contra la intervención.

Hasta tanto no entendamos la importancia de las instituciones, seguiremos como Sísifo, condenado por los dioses a empujar para siempre una gran roca hasta la cima de una montaña, desde donde volvería a caer por su propio peso. Dirá Camus “Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.”(5)



Notas
1. La mejor evidencia que demuestra esto son sus severas críticas hacia las autocracias populares, líderes personalistas como Bonaparte y Bolívar y sus críticas a los despotismos orientales y “el modelo de producción asiático” de los cuáles muchas similitudes pueden extraerse de los populismos de los S.XX y S.XXI.
2. Popper Karl, La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 2010
3. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Mi dogma es la general maldad de los hombres de poder, son los que más se corrompen”.
4. Idem
5. Ver “La Odisea” de Homero o el escrito “El Mito de Sísifo” de Albert Camus.