martes, 17 de noviembre de 2015

No es el Imperialismo, es la Yihad

Cuando Sayyid Qutb, uno de los principales referentes del fundamentalismo islámico en el S.XX, visitó USA quedó "horrorizado" de que los adolescentes bailaran entre ellos, del cosmopolitismo y del hedonismo que representaba la sociedad occidental.

A su vuelta a Egipto lanzó su cruzada de "limpieza" de la sociedad musulmana de cualquier influencia occidental, declaró apóstatas a los musulmanes contemporáneos que aplicasen leyes seculares y laicas en lugar de la Sharia, y lanzó el movimiento que luego desembocaría en los Hermanos Musulmanes y nutriría ideológicamente a grupos como Al Qaeda y el Ejército Islámico.

Mucho antes de que Samuel Huntington hiciera popular su tesis sobre el choque de las civilizaciones, fue el propio Qutb quien postuló que era inevitable una confrontación y que las invasiones, el apoyo a dictadores, y el ejercicio del poder imperial, eran apenas un motivo secundario de su acción: el verdadero motivo de su cruzada era la Yihad y la imposición de la Sharia en todo el orbe mundial.

Despreciaba de modo especial “la potestad legislativa que el hombre se ha arrrogado a sí mismo”. El ser humano y la sociedad debían regirse por la Sharia, y por lo tanto la ley musulmana era la única  fuente de derecho legítima, ya que sus mandatos no proceden del hombre, sino de Dios [Allah].



Muchos analistas, en una paradójica interpretación eurocentrista, ven en estos atentados en Francia que conmocionaron al mundo los últimos días una "respuesta antiimperialista" y de "lucha revolucionaria" contra las diversas intervenciones en Medio Oriente, trasladando conceptos occidentales [tesis imperialista] a sociedades tradicionales que no solo execran de Occidente, sino que basan su acción en patrones religiosos y socioteológicos ¿O acaso lo que moviliza a los bombarderos suicidas son valores seculares y no religiosos?

Y es que el integrismo musulmán no busca, en palabras del propio ayatolá Jomeini, “hacer bajar el precio del melón”. Su intención no es meramente hacer que EE.UU. deje de intervenir en Medio Oriente y que los barrios marginados de Francia tengan mejores condiciones sociales. Su objetivo profundo es hacer desaparecer los valores propios de Occidente y la Ilustración que aborrecen: aborrecen a Occidente por invadir Irak, tanto como a Hollywood por invitar al hedonismo y como a Darwin por negar que Dios creó al hombre de arcilla.



Naturalmente que es difícil de comprender desde sociedades laicas y secularizadas como las nuestras, como opera la concepción de lo sagrado en sociedades tradicionales y nos lleva a proyectar nuestras propias concepciones a marcos socio-culturales diferentes. Por eso, desconocer y negar que estamos ante un “choque” o “conflicto” de civilizaciones (que no significa ni exige guerra necesariamente como creen algunos) y que existen diferencias culturales que entran en conflicto solo consigue que nos equivoquemos de diagnóstico y de terapia.

Como sostenía el historiador Fernand Braudel “En lo que atañe a cualquiera que esté interesado en el mundo contemporáneo, y más aún, incluso, con respecto a cualquiera que desee actuar dentro de él, "compensa" saber cómo distinguir, en el mapa del mundo, las civilizaciones hoy existentes, ser capaz de definir sus fronteras, sus centros y periferias, sus esferas de influencia y el aire que allí se respira, las "formas" generales y particulares que existen y se asocian dentro de ellas. De otro modo, ¡qué errores de perspectiva tan garrafales y catastróficos se podrían cometer!”.

No obstante, en el actual escenario resulta necesario también diferenciar al EI [Estado islámico] de los Estados y Monarquías teocráticas de la región que también luchan contra ellos. Si bien Irán, Siria, Arabia Saudita, etc., tienen leyes vinculadas a la Sharia (lapidaciones, ejecuciones públicas sin juicio, discriminación brutal a las mujeres y a las minorías étnicas y religiosas) mantienen un mínimo de estabilidad en la región, pueden otorgar una pequeña apertura a Occidente, lo que permite la posibilidad de cambios modernizantes en el largo plazo, y al menos están inscritas en el concierto internacional. Con el Estado Islámico, en cambio, nada de eso es posible. El EI se autoproclama un Califato, no reconoce ninguna frontera en el concierto internacional, y la declaración de la Yihad es innegociable y sin treguas: no hay ninguna posibilidad de diálogo y acercamiento con ellos.

Por supuesto, seleccionar el mal menor y trazar una estrategia común de lucha contra el ISIS y aliarse para ello con los Estados del Medio Oriente no nos debe conducir al fatalismo de dejar las cosas como están y aceptar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en nombre del multiculturalismo. Así como en Siria, Assad es el mal menor, pero puede incentivarse alguna alternativa para salir también de ese brutal dictador; en Arabia Saudita, se puede buscar la modificación del status quo sin que eso se materialice en la llegada al poder de grupos como el Estado Islámico. 



Deberemos ser prudentes también y evitar caer en las acusaciones absurdas basadas en conspiraciones ridículas. EEUU es tan responsable indirectamente de la creación de éstos grupos radicalizados por desestabilizar la zona en el pasado y dejar vacíos de poder en la región para ser llenados por grupos como Al Qaeda o El, como Al Assad por ser el principal consumidor del petróleo producido en las zonas controladas por el Estado Islámico. Éste cínico juego de alianzas que se repiten (como el de USA en el pasado con Bin Laden para combatir a los soviéticos) genera también confusión y diluye la posibilidad de una estrategia unificada.


Sin dudas que la alianza militar coordinada es urgente y necesaria, pero no es suficiente. En el corto plazo evitar una tercera guerra mundial dependerá de que los líderes mundiales acepten la naturaleza actual de la política global multipolar, y cooperen para su mantenimiento; pero en el largo plazo la salida es una sola: Ilustración, ilustración y más ilustración. Poder lograr en Medio Oriente en algún plazo razonable el respeto a la libertad, la democracia y la tolerancia que a Occidente le costó siglos de guerras y sufrimientos.

sábado, 20 de junio de 2015

Manuel Belgrano según sus contemporáneos

[i]Retrato del General Belgrano

"El General Belgrano era de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, color muy blanco, algo rosado, sin barba; tenía una fístula bajo un ojo - que no lo desfiguraba porque era casi imperceptible-; su cara era mas bien de alemán que de porteño.
No se le podía acompañar por la calle porque su andar era casi corriendo; no dormía mas que tres o cuatro horas, montando a caballo a media noche, que salía de ronda a observar el ejército, acompañado solamente de un ordenanza. Era tal la abnegación con que este hombre extraordinario se entregó a la libertad de su patria, que no tenía un momento de reposo, nunca buscaba su comodidad, con el mismo placer se acostaba en el suelo que en la mullida cama.

No es cierto que hiciese demasiada ostentación de los usos europeos hasta el grado de chocar las costumbres nacionales (como lo dice Paz), como no es cierto que se presentase en público con lujo ni con el esmero de un elegante refinado. Se presentaba aseado, como lo había conocido yo siempre, con una levita de paño azul, con alamares de seda negra, que se usaba entonces, su espada y gorra militar de paño. Su caballo no tenía mas lujo que un gran mandil de paño azul, sin galón alguno, que cubría la silla y que estaba yo cansado de verlo usar en Buenos Aires a todos los jefes de caballería. Todo el lujo que llevó al ejército fue una volanta inglesa de dos ruedas, que el manejaba, con un caballo y en la que paseaba algunas mañanas, acompañado de su segundo el general Cruz. Esto llamaba la atención porque era la primera vez que se veía en Tucumán. En los días clásicos, en que vestía uniforme, se presentaba con un sombrero ribeteado con un rico galón de oro que le había regalado hoy el general Tomás Iriarte...

La casa que habitaba, y que el general mandó edificar en la Ciudadela, era de techo de paja, dos bancos de madera, una mesa ordinaria, un catre pequeño de campaña con delgado colchón que siempre estaba doblado, y la prueba de que su equipaje era muy modesto fué que, al año de haber llegado, me hizo presente se hallaba sin camisas y me pidió que le hiciese traer de Buenos Aires dos piezas de irlanda de hilo, lo que efectué. Se hallaba siempre en la mayor escasez, así es que muchas veces me mandó pedir cien o doscientos pesos para comer. Lo he visto tres o cuatro veces, en diferentes épocas con las botas remendadas, y no se parecía en esto a ningún elegante de París y Londres...

El general Belgrano era un hombre de talento cultivado, de maneras finas y elegantes, gustaba mucho del trato de las señoras; un día me dijo que, algo de lo que sabía, lo había aprendido en la sociedad con ellas. Otro día me dijo "Me lleno de placer cuando voy de visita a una casa y encuentro en el estrado, en sociedad con las señoras a los oficiales de mi ejército; en el trato con ellas los hombres se acostumbran a los modales finos y agradables, se hacen amables y sensibles; en fin, el hombre que gusta de la sociedad de ellas, nunca puede ser un malvado". Ésta ocurrencia me hizo reír mucho.

El general era muy honrado, desinteresado, recto; perseguía el juego y el robo en su ejército; no permitía que se le robase un solo peso al Estado, ni que se le vendiese mas caro que a los otros. Como yo le había hecho a el algunos servicios, y muy continuos al ejército, sin interés alguno, cuando necesitaba paños, lencería u alguna otra cosa para el ejército, me llamaba y me decía: "Amigo Balbín, necesito tal cantidad de efectos, traígame las muestras, y el último precio, en la inteligencia de que, a igual precio e igual calidad usted es preferido a todos, pero a igual calidad y un centavo menos, cualquier otro". Después llamaba a los demás comerciantes. Generalmente éstos no tenían las cantidades que necesitaba el general ni podían vender tan acomodado como, por ser mas valioso el negocio a mi cargo; así es que, continuamente le hacía ventas."

José Celedonio Balbín. (Comerciante y conocedor de muy cerca al general Belgrano en Tucumán y Buenos Aires).



Dibujo de Johann Moritz Rugendas.
Pintor y dibujante alemán, conocido por sus registros de paisajes y gentes de varios países latinoamericanos en la primera mitad del S.XIX.



Hábitos militares del General Belgrano.

"En el año 1818, cuando el general Belgrano, general en jefe del ejército del Perú estaba estacionado en la ciudad de Tucumán, su vida era activa y vigilante como si estuviese en campaña frente al enemigo: una parte del día la destinaba al descanso, la otra al estudio: durante la noche no dormía, montaba a caballo acompañado de un ordenanza, recorría los cuarteles y patrullaba por las calles de la ciudad. Si encontraba un individuo del ejército la corrección era infalible, porque todas las clases estaban obligadas a dormir en sus cuarteles de la ciudadela, y en la de oficiales uno por compañía -el de semana.

Muchas veces lo acompañé en estas excursiones nocturnas. Se retiraba a descansar al amanecer. Durante el almuerzo el general Cruz, mayor general, se presentaba a recibir órdenes. Después de almorzar despachaba, leía y se acostaba hasta que servían la comida. Los edecanes del servicio se sentaban a la mesa, que era bastante frugal. Después de comer iba recrearse a su pequeño jardín y yo sólo lo acompañaba. Hablábamos del país, de su situación, del estado de la guerra; y era en estas ocasiones cuando me favorecía con confidencias que mucho lisonjeaban mi amor propio -joven como era yo entonces- sobre asuntos importantes conexionados con la causa pública.

Era tan estricto el sistema de economía establecido por el general, y su escrupulosidad para que el erario no fuese defraudado, que hasta para las datas de la Tesorería de tres y cuatro pesos, él mismo firmaba las órdenes. El ejército estaba mal pagado, pero el general señaló una porción de terreno a cada regimiento para su cultivo: todos los cuerpos tenían una huerta abundante de hortalizas y legumbres, y de este modo, y estableciendo la mesa común entre los jefes y oficiales por cuerpos, todos llenaban su necesidad y entretenían su equipo, porque los frutos que sobraban se vendían en beneficio de los individuos de todos los cuerpos del ejército. Este sistema geodésico es excelente y debería establecerse en los cuerpos acantonados en la campaña, pues no sólo produce el beneficio de mejorar la condición material del soldado, sino que lo preserva de los fatales efectos del ocio y de la disipación, que es su inefable consecuencia".

Tomás de Iriarte. (Militar y cronista argentino, que pasó del ejército realista al independentista, y luchó en la guerra del Brasil y en las guerras civiles argentinas, enfrentando a Rosas).



[i] Ambas referencias históricas fueron extraídas de “Estampas del Pasado. Lecturas de Historia Argentina.” de José Luis Busaniche. Ed Hachette, 1959.

jueves, 12 de febrero de 2015

Ortega y Gassset y el Estado

¿Estados? ¿Qué es eso? ¡Pues bien, abrid los oídos! 
¡Voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos!
Estado es el nombre que se da al más frío de todos los monstruos fríos. 
El Estado miente con toda frialdad y de su boca sale esta mentira: 
“Yo, el Estado, soy el pueblo”.

Friedrich Nietzsche, “Así habló Así habló Zarathustra”.






Él texto que dejamos a continuación, muy en línea en su interpretación histórico-política con Bertrand de Jouvenel, nos muestra al poder como fuerza motriz humana que impulsa al hombre en la historia. Del impulso individual del hombre primitivo para hacer más seguro su entorno se progresa a una realización más óptima, que se plasma en un conjunto de normas y conductas que constituyen la dimensión social del poder y en la que el hombre, para Ortega, se encuentra perdido, alterado, como en la selva original.

Del poder como impulso de dominio, entonces, se evoluciona al poder social en la que se comprueba el dominio creciente sobre el individuo en esferas cada vez más amplias de su vida cotidiana. Ésta preocupación sobre la intromisión del poder social sobre la intimidad personal es preocupación ya de toda la generación de intelectuales liberales pos revolución industrial, como Stuart Mill y Spencer. Ortega verá comprobada y perfeccionada ésta tesis de dominación en los movimientos autoritarios emergentes a partir de los años 20, y del cuál España fue una de las principales víctimas.

No es casualidad la comparación con el Estado absoluto que hace nuestro pensador. Pues ¿“que era el Estado a fines del siglo XVIII en todas las naciones europeas” en comparación con el Estado Moderno?  ¿Qué es una Corte Real de 50 u 80 personas frente al gigantesco número de funcionarios que comprenden un solo ministerio presidencial? Si, como dice Jouvenel, ni el mismísimo Luis XIV tenía una policía administrativa a su disposición como tiene cualquier presidencialismo actual.

Del texto resulta patente la predilección de Ortega y Gasset de resistir todo abuso de estatificación de la sociedad para no precipitarse en el abismo de las dictaduras. Pues para él, como para Hobbes dos siglos antes, no hay poder sobre la Tierra que se parezca al Leviatán.

Texto extraído de la Rebelión de las Masas:

[…] Rememórese lo que era el Estado a fines del siglo XVIII en todas las naciones europeas. ¡Bien poca cosa! El primer capitalismo y sus organizaciones industriales, donde por primera vez triunfa la técnica, la nueva técnica, la racionalizada, habían producido un primer crecimiento de la sociedad. Una nueva clase social apareció, más poderosa en número y potencia que las preexistentes: la burguesía. Esta indina burguesía poseía, ante todo y sobre todo, una cosa: talento, talento práctico. 

Sabía organizar, disciplinar, dar continuidad y articulación al esfuerzo. En medio de ella, como en un océano, navegaba azarosa la «nave del Estado». La nave del Estado es una metáfora reinventada por la burguesía, que se sentía a sí mismo oceánica, omnipotente y encinta de tormentas. Aquella nave era cosa de nada o poco más: apenas si tenía soldados, apenas Si tenía burócratas, apenas si tenía dinero. Había sido fabricada en la Edad Media por una clase de hombres muy distintos de los burgueses: los nobles, gente admirable por su coraje, por su don de mando, por su sentido de responsabilidad. Sin ellos no existirían las naciones de Europa. Pero con todas esas virtudes del corazón, los nobles andaban, han andado siempre, mal de cabeza. Vivían de la otra víscera. De inteligencia muy limitada, sentimentales, instintivos, intuitivos; en suma, «irracionales». Por eso no pudieron desarrollar ninguna técnica, cosa que obliga a la racionalización. No inventaron la pólvora. 

Se fastidiaron. Incapaces de inventar nuevas armas, dejaron que los burgueses -tomándola de Oriente u otro sitio- utilizaran la pólvora, y con ello, automáticamente, ganaran la batalla al guerrero noble, al «caballero», cubierto estúpidamente de hierro, que apenas podía moverse en la lid, y a quien no se le había ocurrido que el secrete eterno de la guerra no consiste tanto en los medios de defensa como en los de agresión; secrete que iba a redescubrir Napoleón. Como el Estado es una técnica -de orden público y de administración-, el «antiguo régimen» llega a los fines del siglo XVIII con un Estado debilísimo, azotado de todos lados por una ancha y revuelta sociedad. La desproporción entre el poder del Estado y el poder social es tal en ese momento, que, comparando la situación con la vigente en tiempos de Carlomagno, aparece el Estado del siglo XVIII como una degeneración. El Estado carolingio era, claro está, mucho menos pudiente que el de Luis XVI; pero, en cambio, la sociedad que lo rodeaba no tenía fuerza ninguna. El enorme desnivel entre la fuerza social y la del poder público hizo posible la revolución, las revoluciones (hasta 1848).

Pero con la revolución se adueñó del poder público la burguesía y aplicó al Estado sus innegables virtudes, y en poco más de una generación creó un Estado poderoso, que acabó con las revoluciones. Desde 1848, es decir, desde que comienza la segunda generación de gobiernos burgueses, no hay en Europa verdaderas revoluciones. Y no ciertamente porque no hubiese motives para ellas, sino porque no había medios. Se niveló el poder público con el poder social. ¡Adios revoluciones para siempre! Ya no cabe en Europa más que lo contrario: el golpe de Estado. Y todo lo que con posterioridad pudo darse aires de revolución, no fue más que un golpe de Estado con máscara.

En nuestro tiempo, el Estado ha llegado a ser una máquina formidable que funciona prodigiosamente, de una maravillosa eficiencia por la cantidad y precisión de sus medios. Plantada en medio de la sociedad, basta con tocar un resorte para que actúen sus enormes palancas y operen fulminantes sobre cualquier trozo del cuerpo social.

El Estado contemporáneo es el producto más visible y notorio de la civilización. Y es muy interesante, es revelador, percatarse de la actitud que ante él adopta el hombre-masa. Éste lo ve, lo admira, sabe que está ahí, asegurando su vida; pero no tiene conciencia de que es una creación humana inventada por ciertos hombres y sostenida por ciertas virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres y que puede evaporarse mañana. Por otra parte, el hombre-masa ve en el Estado un poder anónimo, y como él se siente a sí mismo anónimo -vulgo-, cree que el Estado es cosa suya. Imagínese que sobreviene en la vida pública de un país cualquiera dificultad, conflicto o problema: el hombre-masa tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado, que se encargue directamente de resolverlo con sus gigantescos e incontrastables medios.

Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatifícación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos. Cuando la masa siente alguna desventura o, simplemente, algún fuerte apetito, es una gran tentación para ella esa permanente y segura posibilidad de conseguir todo -sin esfuerzo, lucha, duda, ni riesgo- sin mas que tocar el resorte y hacer funcionar la portentosa máquina. La masa se dice: «El Estado soy yo», lo cual es un perfecto error. El Estado es la masa sólo en el sentido en que puede decirse de dos hombres que son idénticos, porque ninguno de los dos se llama Juan. Estado contemporáneo y masa coinciden sólo en ser anónimos. Pero el caso es que el hombre-masa cree, en efecto, que él es el Estado, y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe; que lo perturbe en cualquier orden: en política, en ideas, en industria.

El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la maquina del gobierno. Y como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento dependen de la vitalidad circundante que la mantenga, el Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto con esa muerte herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavérica que la del organismo vivo.

Este fue el sino lamentable de la civilización antigua. No tiene duda que el Estado imperial creado por los Julios y los Claudios fue una máquina admirable, incomparablemente superior como artefacto al viejo Estado republicano de las familias patricias. Pero, curiosa coincidencia, apenas Llegó a su pleno desarrollo, comienza a decaer el cuerpo social. Ya en los tiempos de los Antoninos (siglo II) el Estado gravita con una antivital supremacía sobre la sociedad. Esta empieza a ser esclavizada, a no poder vivir más que en servicio del Estado. La vida toda se burocratiza. ¿Qué acontece? La burocratización de la vida produce su mengua absoluta -en todos los órdenes-. La riqueza disminuye y las mujeres paren poco. Entonces el Estado, para subvenir a sus propias necesidades, fuerza más la burocratización de la existencia humana. Esta burocratización en segunda potencia es la militarización de la sociedad. La urgencia mayor del Estado en su aparato bélico, su ejército. El Estado es, ante todo, productor de seguridad (la seguridad de que nace el hombre-masa, no se olvide). 

Por eso es, ante todo, ejército. Los Severos, de origen africano, militarizan el mundo. ¡Vana faena! La miseria aumenta, las matrices son cada vez menos fecundas. Faltan hasta soldados. Después de los Severos el ejército tiene que ser reclutado entre extranjeros.

¿Se advierte cuál es el proceso paradójico y trágico del estatismo? La sociedad, para vivir mejor ella, crea, como un utensilio, el Estado. Luego, el Estado se sobrepone, y la sociedad tiene que empezar a vivir para el Estado. Pero, al fin y al cabo, el Estado se compone aún de los hombres de aquella sociedad. Mas pronto no basta con éstos para sostener el Estado y hay que llamar a extranjeros: primero, dálmatas; luego, germanos. Los extranjeros se hacen dueños del Estado, y los restos de la sociedad, del pueblo inicial, tienen que vivir esclavos de ellos, de gente con la cual no tiene nada que ver. A esto lleva el intervencionismo del Estado: el pueblo se convierte en carne y pasta que alimentan el mero artefacto y máquina que es el Estado. El esqueleto se come la carne en torno a él. El andamio se hace propietario e inquilino de la casa.

Cuando se sabe esto, azora un poco oír que Mussolini pregona con ejemplar petulancia, como un prodigioso descubrimiento hecho ahora en Italia, la fórmula: Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado. Bastaría esto para descubrir en el fascismo un típico movimiento de hombre-masa. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente construido -no por él, sino precisamente por las fuerzas e ideas que él combate: por la democracia liberal-. Él se limita a usarlo incontinentemente; y sin que yo me permita ahora juzgar el detalle de su obra, es indiscutible que los resultados obtenidos hasta el presente no pueden compararse con los logrados en la función política y administrativa por el Estado liberal. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo, que difícilmente equilibra la acumulación de poderes anormales que le consiente emplear aquella máquina en forma extrema.

El estatismo es la forma superior que toman la violencia y la acción directa constituidas en norma. Al través y por medio del Estado, máquina anónima, las masas actúan por sí mismas.

Las naciones europeas tienen ante sí una etapa de grandes dificultades en su vida interior, problemas económicos, jurídicos y de orden público sobremanera arduos. ¿Cómo no temer que bajo el imperio de las masas se encargue el Estado de aplastar la independencia del individuo, del grupo, y agostar así definitivamente el porvenir?

Un ejemplo concrete de este mecanismo lo hallamos en uno de los fenómenos más alarmantes de estos últimos treinta años: el aumento enorme en todos los países de las fuerzas de Policía. El crecimiento social ha obligado ineludiblemente a ello. Por muy habitual que nos sea, no debe perder su terrible paradojismo ante nuestro espíritu el hecho de que la población de una gran urbe actual, para caminar pacíficamente y acudir a sus negocios, necesita, sin remedio, una Policía que regule la circulación. Pero es una inocencia de las gentes de «orden» pensar que estas «fuerzas de orden público», creadas para el orden, se van a contentar con imponer siempre el que aquéllas quieran. Lo inevitable es que acaben por definir y decidir ellas el orden que van a imponer -y que será, naturalmente, el que les convenga.

Conviene que aprovechemos el roce de esta materia para hacer notar la diferente reacción que ante una necesidad pública puede sentir una u otra sociedad. Cuando, hacia 1800, la nueva industria comienza a crear un tipo de hombre -el obrero industrial- más criminoso que los tradicionales, Francia se apresura a crear una numerosa Policía. Hacia 1810 surge en Inglaterra, por las mismas causas, un aumento de la criminalidad, y entonces caen los ingleses en la cuenta de que ellos no tienen Policía. Gobiernan los conservadores. ¿Qué harán? ¿Crearán una Policía? Nada de eso. Se prefiere aguantar, hasta donde se pueda, el crimen. «La gente se resigna a hacer su lugar al desorden, considerándolo como rescate de la libertad.» «En París -escribe John William Ward- tienen una Policía admirable; pero pagan caras sus ventajas. Prefiero ver que cada tres o cuatro años se degüella a media docena de hombres en Ratcliffe Road, que estar sometido a visitas domiciliarias, al espionaje y a todas las maquinaciones de Fouché». Son dos ideas distintas del Estado. El inglés quiere que el Estado tenga límites.


La Rebelión de las Masas, Capítulo XIII – “El mayor peligro, El Estado”, 1937.

domingo, 1 de febrero de 2015

El arco posible de la República

Escribo esto convencido que lo ideal y más sano en una democracia moderna y consolidada es que coexistan, convivan y se alternen en el poder dos polos mayoritarios que aglutinen las grandes voluntades: uno de centro-izquierda y otro de centro-derecha.

Convencido también que, a grandes rasgos, podría el primer polo, de carácter mas progresista y humanista, ser representado por partidos como la Coalición Cívica – ARI de Elisa Carrió, el Partido Socialista de Hermes Binner y la Unión Cívica Radical que hoy conduce Ernesto Sanz. El segundo polo, más liberal o conservador, por partidos como el PRO de Mauricio Macri.

El problema resulta cuándo en una democracia en desfalco como la nuestra, aunque joven y tratando de aprender aún de sus errores, consolida por largo tiempo en el poder un único polo, que a bases de subsidios y control unitario de los recursos nacionales, afianza una hegemonía clientelar y autoritaria.

Una hegemonía que reduce la política a una técnica para suscitar obediencia y que para su mantenimiento, el patrimonialismo clientelar y su uso del Estado como botín de guerra, es una consecuencia ipso facto. Así el Partido Justicialista en el gobierno, en su condición de partido predominante, se transformó en un sistema político en sí mismo. Es el oficialismo y pretende ser su principal oposición al mismo tiempo. Con sus “izquierdas” y sus “derechas”, adaptándose al clima de época, logró colonizar el Estado. Solo así se entiende el hecho fundamental de como el PJ ha gobernado 23 de los últimos 25 años en sus diversas versiones transformistas. Un hecho histórico fenomenal, comparable por historia, métodos y circunstancias al PRI mexicano que denunciaría Octavio Paz en su “Ogro Filantrópico”.

Cuando esto sucede, es responsabilidad de las fuerzas democráticas que defienden el Estado de Derecho y las reglas básicas de la República hacer frente a éste sutil estado de excepción. Sin embargo, por fuera del ámbito del oficialismo, muchos apuestan a la contraposición entre dos alianzas partidarias, una más de centro-izquierda y otra más de centro-derecha.

Y sin duda nuestro sistema político necesita partidos o coaliciones organizados, que propongan las grandes opciones como nuestros vecinos en Chile y Uruguay. Pero también es cierto que no tuvimos muchos de ésos esquemas en el pasado, y por supuesto sería bueno llegar a tenerlos. Ahora bien, es discutible en cambio que ésa sea hoy la opción principal que nos debiera preocupar. Incluso es discutible de que alguna vez lo haya sido, en los años que llevamos de experiencias democráticas.

En momentos donde no hay instituciones, ni Estado, ni república, sino un gran desquicio y desorden político, económico e institucional, es obligación de las fuerzas democráticas crear una opción política donde la principal preocupación pase por garantizar cien años de República, transparencia y bienestar. Una opción que se comprometa a restablecer las instituciones, el Estado y las reglas de juego, que promueva la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción.

Entre quienes piensan  así y coinciden en que ésta es la tarea prioritaria, tienen ideas diferentes sobre el camino final de la República. Algunos querrán un poco más de Estado, otros un poco mas  de mercado. Será una discusión trascendental dentro del marco social y económico que permite la Constitución, pero tal vez no tenga mucho sentido hoy, cuando el Estado y el mercado están corrompidos por el clientelismo y lo seguirán estando si el país es gobernado por alguna variante transformista.

Por ello es que antes es menester construir una fuerza lo más amplia posible entre quienes tienen como prioridad reconstruir las bases republicanas del Estado. Y por ello es importante entender también, como explicaba Sartori, que a la democracia le es tan necesaria el liberal atento a los problemas de la servidumbre política y la iniciativa privada e individual, como el socialdemócrata que lucha por el bienestar, la igualdad y la cohesión social.

El acuerdo entre Carrió y Macri y la intención de sumar a los radicales, debe entenderse así como el mejor intento en los últimos años de reconstruir lo que el gran político alemán Konrad Adenauer denominaba “el arco posible de la República”. La CC-ARI, el PRO y la UCR tienen en sus manos hoy esa construcción. Dependerán también de que la opinión pública pueda ayudarlos para nunca más el país vuelva a  caer en la tentación de la trampa populista.



domingo, 28 de diciembre de 2014

La Máquina se detiene – E. M. Forster



“Había botones e interruptores por todos lados – botones para pedir comida, música, vestido. 
Había un botón para pedir un baño caliente, que al presionarlo hacia surgir del suelo 
una bañera de mármol rosado (de imitación), repleto hasta el borde con un cálido y desodorizado liquido.
Estaba el botón de baño frio. Estaba el botón para obtener literatura.
Y estaban por supuesto los botones por los cuales se comunicaba con sus amigos.

La máquina se detiene – E. M. Forster.








“Imagine, si usted puede, una habitación pequeña, de forma hexagonal, como la celda de una abeja. No está iluminada ni por ventanas ni por lámparas, sin embargo la inunda un suave resplandor. No tiene aberturas para ventilarla, aun así el aire es fresco. No hay instrumentos musicales, pese a esto, al momento de comenzar mi relato, el cuarto vibraba con una música melodiosa. Hay un sillón en el centro, junto a este una mesa de lectura – esos son los únicos muebles. Y en este sillón se sienta un bulto arropado de carne – una mujer, de un metro y medio de alto, con la cara pálida como un hongo.

A ella es a quien le pertenece esta habitación.”


Así comienza éste fantástico relato de ciencia ficción de Edward Morgan Forster, una de las deleites universales del género distópico escrito antes de la primera guerra mundial.


Se sostiene con frecuencia que las novelas distópicas buscan denunciar, directa o subrepticiamente, una época, un estado de situación, que buscan hacer una advertencia sobre las consecuencias del presente. Así las novelas de George Orwell (“1984” – “Rebelión en le granja”), Yevgueni Zamiatin (“Nosotros”), Aldous Huxley (Un mundo feliz) y Ray Bradbury (Fahrenheit 451) tenían por fin denunciar y/o parodiar los totalitarismos del S.XX.


A su vez, obras como “La rebelión del Atlas” de Ayn Rand procuraban demostrar los vicios mas decadentes del Estado de Bienestar de los años 40/50 y los cuentos de Jack London, en contraste, anunciaban una visión apocalíptica sobre la democracia liberal.


Posiblemente como una crítica a la fe en el progreso que se vivía entonces (1909), “La Máquina se detiene” presenta una visión apocalíptica estrepitosa,  una sociedad tan dominada por la tecnología que sus miembros han olvidado no sólo cómo controlarla, sino también cómo ser humanos. Un curioso totalitarismo, cuya cabeza es un “Comité Central”, controla todos los aspectos de la vida de los hombres. Desde la natalidad hasta las necesidades más vitales son facilitadas y controladas por “La Máquina”, quién ha destrozado todo poder de iniciativa humano.


En el mundo descripto por Forster, los hombres se encuentran aislados entre sí, se relativizan los afectos personales y las relaciones humanas, la solidaridades sociales desaparecen y el individuo se aísla en el reducto tecnológico donde solo tiene tiempo para ello. Todo es suplantado por videoteléfonos y una red de comunicaciones planetaria que maceran el espíritu humano.


Una visión política de éste asunto ha proporcionado Giovanni Sartori en su “Homo Videns. La sociedad teledirigida” donde el mismo autor asume su carácter apolítico pero con el afán de prevenir el peligro de la desaparición de la cultura escrita, por la audio-visual, y su influencia en la capacidad cognitiva de los hombres. El problema para Sartori, no es la tecnología en sí. Sino que una sociedad que pierde la capacidad de reflexión y de pensamiento en abstracto (que solo proporciona la cultura escrita), es una sociedad presa de la imagen y de los demagogos de turno.


Dirá el célebre politólogo: “el niño formado en la imagen se reduce a ser un hombre que no lee, y, por tanto, la mayoría de las veces, es un ser «reblandecido por la televisión», adicto de por vida a los videojuegos”.


Su tesis es la siguiente: 

“Casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas no tienen ningún correlato en cosas visibles y cuyo significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes” (…) “nuestra capacidad de administrar la realidad política, social y económica en la que vivimos  , y a la que se somete la naturaleza del hombre, se fundamenta exclusivamente en un pensamiento conceptual que representa entidades invisibles e inexistentes” (…) “la televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender” (...) “lo que nosotros vemos o percibimos concretamente, no produce ideas, pero se insiere en ideas (o conceptos) que lo encuadran y lo significan".


El fondo del asunto es la histórica preocupación por formar ciudadanos que jerarquicen la democracia y no que la destruyan. El escritor Florentino no propone destruir ni regular Internet (conoce bien los peligros políticos que ello conlleva), sino alertar a la sociedad, a los padres, a los docentes, a los líderes sociales, que el progreso tecnológico si bien no se puede detener, tampoco se nos debe escapar de las manos. La cultura escrita y la cultura audiovisual deben buscar una síntesis armoniosa.


¿Sería esta visión la que preveía Forster? Es difícil saberlo. No obstante el meollo de la obra nos lleva a presumir que la preocupación de que la tecnología “se nos escape de las manos” parece estar presente.


Uno de los diálogos centrales de la obra es contundente en éste sentido:


"No te das cuenta de que somos nosotros los que estamos muriendo, y que aquí lo único que realmente vive es la máquina? Hemos creado la máquina para hacer nuestra voluntad, pero ahora no podemos hacer que ella cumpla la nuestra. Nos ha robado el sentido del espacio y del tacto, ha emborronado todas las relaciones humanas y ha reducido el amor a un mero acto carnal; ha paralizado nuestros cuerpos y nuestras voluntades y ahora nos obliga a a rendirle culto. La Máquina avanza, pero no según nuestras directrices; actúa, pero no de acuerdo a nuestros objetivos. Existimos sólo como glóbulos sanguíneos que fluyen por sus arterias, y si pudiera funcionar sin nosotros, nos dejaría morir”.



En definitiva, una novela corta de sorprendente actualidad que nos ayuda a conciliar la convivencia entre la tecnología, la comunicación virtual, con la necesidad de progreso y de armonía social.


En el quinto episodio de la primera temporada de Futurama, “Fears From a Robot Planet (Temores de un Planeta Robot), Fry, Leala y Bender tienen que llevar un paquete al planeta Chapek 9 en una época de convulsión política; los robots, cansados de ser meros esclavos de los hombres, habían tomado el mando y declarado la guerra a todo ser humano; nuestros protagonistas tenían que hacerse pasar por máquinas para cumplir su misión.



domingo, 23 de noviembre de 2014

Sediciosos y golpistas. Golpe y Razón de Estado.


"Si no hay golpe de Estado, tal vez la tarea más demoníaca
para hacer peligrar la democracia sea arrasar con el Poder Judicial".

Guillermo O'Donnell.










No es novedad la manipulación retórica con que el kirchnerismo trata de embaucar constantemente, desempolvando fenómenos antiguos con una argumentación de mediados del S.XX. Tal vez sea símbolo de la decadencia política, como sostenía Marx, agitar viejos fantasmas para verse representados, farsa y cómicamente, en ellos.


Las acusaciones de “golpismo”, “sedición” y todo el diccionario de acontecimientos del siglo pasado son vueltos a ponerse en cuestión por mezquinos intereses autoritarios y la no aceptación de la transferencia pacífica del poder. La misma idea de la democracia republicana, constitucionalmente organizada sobre pilares institucionales, con frenos y contrapesos, son materia de debate en los avances legislativos más delirantes y prepotentes que permanentemente busca conseguir el gobierno.


Pero viéndole el lado positivo a la cosa, reconozcamos que nos sirve pare refrescar las ideas de por qué aceptamos convivir (o al menos intentamos) bajo un esquema de democracia moderna, de por qué aceptamos una determinada serie de ficciones necesarias; pero sobre todo nos sirve para darnos cuenta de la complejidad y la precariedad en que nos encontramos; de que las ficciones pueden ser imaginarias, algunas veces vagas y genéricas, abstractas, pero que  acarrean decisivas consecuencias en el plano material de la realidad.


Las ideas de libertad, igualdad, dignidad, derechos humanos; el contrato social, la teoría de la representación, la soberanía del pueblo, el federalismo; son ficciones que han servido a la convivencia humana. La historia de nuestro país, anómico, vulnerable y endeble al respeto de la ley, ¿no es acaso la historia de la incesante lucha por convertir en realidad éstas ficciones?.


Pero volviendo a nuestro tema central, queremos dilucidar por qué convivimos con ideas políticas prehistóricas (en sentido figurativo, claro está), por qué éste discurso trastornado y conspiranoico es una gran fuente de manipulación anacrónica.


Como bien enseñaba el maestro Mario Justo López, existe un concepto vulgar sobre el golpe de estado, más próximo al concepto de revolución y muy utilizado periodísticamente (y añadiríamos ahora políticamente), según el cual consiste en la deposición de los ocupantes de los cargos de gobierno sin más. Ésta conceptualización, sostiene nuestro autor, no tiene en cuenta las distintas consecuencias jurídicas y las diversas formas de manifestaciones de un golpe de estado. No contempla, por ejemplo, la tesis del autogolpe.


Es más, bien enseñaba Foucault en su “Seguridad,Territorio, Población”, que el origen del coup de ´etat, o golpe de estado, no significaba para nada la confiscación del Estado por unos a expensas de otro, sino que ante todo es una suspensión, una cesación de las leyes y la legalidad. Es una acción extraordinaria que el propio gobierno puede llevar a cabo contra el derecho común, una acción que no guarda ningún orden ni forma alguna de justicia [Exxesus iuris communis].


“…acciones atrevidas y extraordinarias que los príncipes se ven obligados a realizar, en los asuntos difíciles y casi desesperados, contra el derecho común, sin guardar siquiera orden alguno ni forma de justicia, y poniendo en riesgo el interés particular por el bien público”, explicaba el célebre Gabriel Naudé refiriéndose al golpe de estado en el S.XVII.


Finamente dirá López que hay golpe de Estado cuándo, como consecuencia de actos no encuadrados en las “instituciones-normas” existentes son depuestos los ocupantes de los cargos de gobierno que habían sido designados de conformidad con aquellas, sin que ello importe la caducidad, abrogación o destrucción del orden constitucional anterior, sino solamente su “suspensión” –por consiguiente temporaria- de la plena vigencia de la Constitución en lo que se infiere a su aplicación a la organización y funcionamiento de las “instituciones-órganos”.


Es decir que no es necesario que haya “revolución” para que exista golpe de estado, ya que el mismo detentador del gobierno puede llevarlo adelante para sostenerse en el poder. (Ver caso Fujimori).


La idea de golpe de estado viene de la mano de otra idea que también nos es familiar: la razón de estado. Michel Foucault rastrea los orígenes de la Razón de Estado, básicamente a través de tres pensadores. El primero de ellos es Giovanni Botero, quien en “De la razón de Estado” (1589) partirá de la idea de que “El Estado es una firme dominación sobre los pueblos” y que por ende la razón del estado “es el conocimiento de los medios idóneos para fundar, conservar y ampliar dicha dominación” en su funcionamiento cotidiano y en la gestión de todos los días.  También citará a otro italiano: Giovanni Palazzo. Afirma este autor: “digo que la razón de estado es una regla y un arte que enseñan y observan los medios debidos y convenientes para alcanzar el fin fijado por el artesano, definición que se verifica en el gobierno, toda vez que este es el que nos hace conocer los medios y nos enseña la manera de ejercerlos para procurar la tranquilidad y el bien de la república”.


Un texto más tardío, y más desarrollado, ya que trata de 1647, encuentra nuestro autor en el alemán Bogislaw Von Chemnitz. Para este escritor la razón de estado es “cierta consideración política que debe tenerse en todos los asuntos públicos, en todos los consejos y proyectos, y que debe tender únicamente a la conservación, el aumento, la felicidad del Estado, para lo cual es menester emplear los medios más fáciles y pronto”


Ante la pregunta ¿qué es la razón de estado?, Chemnitz responde: es una técnica que permite derogar todas “las leyes públicas, particulares, fundamentales, cualquiera sea su especie”. La razón de estado debe regir, “no según las leyes”, sino que son “las leyes mismas, que deben acomodarse al estado presente de la república”. 


Como se verá, no existe referencia alguna al derecho ni al orden natural. El único fin de la razón de Estado, es el estado mismo, la urgencia gubernamental. Por su propia cuenta, éste debe actuar de manera rápida, inmediata y expedita, si es necesario sin reglas, en medio de la urgencia y la necesidad. Y es ésta noción de necesidad, superior a todo derecho natural y positivo, la ley fundamental.



Pero volvamos a la actualidad. Ante esto, y más allá del anacronismo, luego de la catarata de presiones y persecuciones a jueces y fiscales, de intentar someter, partidizar y colonizar el poder judicial, de no cumplir los fallos judiciales de la mismísima Corte Suprema de Justicia, de la avalancha de leyes abiertamente inconstitucionales y de denunciar por sedición a senadores opositores, cabe preguntarse ¿de que lado están los sediciosos y golpistas?.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sarmiento, un elogio de la locura


“Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu,
bastan gotas de tinta para fijarlo en páginas decisivas”.
José Ingenieros







“¡El loco Sarmiento!” gritaban sus enemigos, y el parecía agigantarse aún más bajo el filo de las críticas. La polémica y el debate eran sus armas predilectas. Como en su glorioso Facundo, demasiado indocumentado para ser historia, demasiado realista para ser literatura, le bastaba recurrir a su declamación apasionada para imponer su autoridad.


Se midió y se enfrentó con titanes: Rosas, Urquiza, Alberdi, Mitre, los caudillos, todos sufrieron su marca. Pasado a la eternidad como el padre del aula, su ideal y su gestión fueron cien veces mayor. Su impronta registró todos los rubros: el militar, el literario, el político…


Con defectos, con pasiones, con vehemencia, con la severidad y el rigor que tuvo en las relaciones personales, fue alguien que avizoró y trató de divisar una nueva Argentina que rompiera definitivamente con el atraso, la miseria y los valores coloniales del mundo de su época.


El poeta Nicandro Pereyra dijo de él “su vida fue una epopeya cruzada de ofuscamientos, un sinfín furioso con hambre de luz y libertad”.


Y si la historia del hombre, es la historia de la conquista de la libertad, Domingo Faustino nos da el ejemplo de una vida entera dedicada a pelear por la libertad. Nació públicamente en pugna contra la tiranía y pasó su existencia soñando con la libertad; era el pedestal de sus creencias, de sus fines, de sus ilusiones. Y por eso escribía quejoso desde su exilio en Valparaíso: “Nuestra época es una época de libertad y por tanto de tolerancia; donde no hay tolerancia no hay libertad; donde no se puede salir de los caminos trillados por temor de que le salgan al encuentro bandas de salteadores fanáticos, no hay descubrimiento, no hay progreso”.


Despotricaba contra España y los caudillos porque veía en ellos el absolutismo. Reconocía que podrían llegar a representar, tal vez, una voluntad popular inarticulada, inorgánica, pero toda la autoridad estaba centrada en la persona del caudillo. Condena al caudillismo como un gobierno “sin formas, ni debate”. Su justicia era administrada “sin formalidades de discusión”, ya que la discusión coloca la autoridad fuera de la persona del caudillo. Su gobierno era la creación de su arrogante voluntad.


Imaginó en Argirópolis el país que había que incitar. Dedicado a Urquiza, propuso allí desregular la navegación de los ríos, impulsar la libertad de comercio, construir las mejores escuelas, fomentar la inmigración y tener un gobierno institucional. La Argentina estaba destinada a ser el país más próspero de Latinoamérica y siguiendo el camino forjado por su generación así fue, con virtudes, defectos y contradicciones, hasta la entrada de los años 30.


Impulsor obsesivo de la educación popular, a su regreso de Estados Unidos, y ya como presidente electo, expresó: “Vengo de un país donde la educación lo es todo, y por eso allí hay democracia; y mi programa va a ser tierras y escuelas, es decir darle al gaucho un pedazo de tierra para que la trabaje y escuela para sus hijos”.


Con su modelo de educación, la Argentina llega para 1915 con el 80% de su población alfabetizada, (cuando Sarmiento inicia su presidencia, solo el 20% lo estaba) logro incomparable ante el resto de Latinoamérica y ante países del viejo continente.


Sostenía que había que apegar al hombre a la tierra y al trabajo, fomentar la mediana propiedad. Sin haber ido a la secundaria y la universidad fue un fanático de la ciencia, la tecnología y la innovación. Acompañado de su famoso reproche “¡Alambren, no sean bárbaros!” exhortaba a los productores a modernizarse y diversificar la producción.


En una de sus facetas menos conocidas, sin haber ido a la secundaria y la universidad, tuvo rodaje de jurista debatiendo con Alberdi, discutiendo las primeras tesis constitucionales sobre la intervención federal, el preámbulo, etc; y naturalmente también escribiendo. Dos son sus principales obras jurídicas: "Comentario de la Consitución de la Confederación Argentina" (1853) y "Derecho de ciudadanía en el Estado de Buenos Aires" (1854). Y como si fuera poco intercambiaba nada mas y nada menos que con Joseph Store, miembro de aquella recordada Corte Suprema de EEUU responsable entre otros fallos del histórico “Marbury v. Madison”. Veía su álter ego en Abraham Lincoln, por quien se reflejaba y tenía profunda admiración; en su estadía en USA lo biografió y supo que, al igual que el, aprendió derecho por iniciativa didáctica. "El único modo posible de formar buenos ciudadanos es que la gente común sepa de Derecho", fue uno de los pensamientos que lo guió y que hizo que se transformara en el primer profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires y que una universidad en Estados Unidos lo nombrara Doctor en Leyes Honoris Causa.


Monumento de Sarmiento en la ciudad de Boston, 
Estados Unidos.



Polifacético y enérgico como pocos, fundó clubes, diarios, bibliotecas y escribió sin parar sobre política, historia, derecho, literatura, pedagogía, todo compilado en 52 voluminosos tomos de sus obras completas. Y con esa energía creadora y transformadora presidió su Nación, tormentosa como toda su vida, sin un día de paz y tranquilidad, luchando constantemente contra el asedio de sus adversarios.


Asi y todo, frente a un contexto político turbulento, rodeado de sus más acérrimos calumniadores, Sarmiento fue el primer Presidente Constitucional que logra dejar un sucesor en la presidencia, apostando por el joven Avellaneda de, tan solo entonces, 37 años. Al “loco Sarmiento”, también lo acompañaban el buen calculo y el olfato político, como ya lo había demostrado en su reconciliación con Urquiza.


En 1888, en los albores de un mundo con nuevas transformaciones, a las que no obstante el seguía aportando, tres generaciones enteras le deben su influencia. En la oración fúnebre, Pellegrini fue contundente: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América".


Cuando entrado el S.XX se intentó “homogeneizar” a los hijos de los inmigrantes mediante una enseñanza vetusta, antigua y tradicional, volvió el dogmatismo bajo la forma de un patriotismo mal entendido, que fomentó aventuras absurdas que buscaban eliminar el espíritu científico, entre otras cosas. El auge del sentimiento nacionalista y antiliberal (en sus versiones de izquierda y derecha) demonizó a las generaciones del 37 y 80 y Sarmiento fue, naturalmente, su principal blanco.


Y así fue que al hombre que logró alfabetizar la República pasó a ser catalogado de “antipopular”, “genocida”, “anti-argentino” y otros anacronismos varios que solo pueden provenir de revisionistas de segunda mano. El fervor anti-Sarmiento llegó a ser tan absurdo y ridículo que en 1978 el gobierno de la provincia de Neuquén prohibió la lectura del sanjuanino en sus escuelas.


Pero pese a todo, Sarmiento aún camina, como decía Borges, “día y noche entre los hombres, que le pagan (porque no ha muerto) su jornal de injurias o de veneraciones”. Su legado sigue ahí, vivo, más allá de los fastos, no lo abruman las furiosas críticas de quienes no fueron sus contemporáneos, los insultos, ni los ultrajes, porque basta con ingresar en los vientos del S.XIX para maravillarse con “el loco Sarmiento”, el loco que pensó y actuó para desterrar la decadencia e impulsar el progreso, el loco que, con su obsesivo afán de hacer, llevó la escuela civilizadora a los montes, en medio de estas lacerantes y despedazadas tierras del fin del mundo.